L’Espagne entre deux siècles, de Zuloaga à Picasso, 1890-1920

Puente 148(2012)

Visité esta exposición de pintura española en diciembre de 2011 y me dejó la impresión de una gran disparidad: oscuridad, en los grandes retratos «negros» que descubrimos al entrar, y luz, del mar centelleante y de los soleados jardines, en otras salas.

Para mí, fue realmente un descubrimiento: conocía muy poco las obras de Ramón Casas, de Ignacio Zuloaga e incluso de Joaquín Sorolla -los más ilustres-, sin nombrar a otros cuantos pintores que no conocía en absoluto.
También me extrañó encontrar en la última sala unas magníficas obras de Pablo Picasso.

La época escogida: fin del siglo XIX, principios del siglo XX, que coincide en España con lo que se llama «la generación de 1898»: el país conoce entonces una profunda crisis política y moral derivada de problemas dinásticos y de la pérdida de Cuba y de las Filipinas, últimas posesiones coloniales españolas.
Para mucha gente, fue un período de desencanto.

«Me duele España», dice el gran escritor Miguel de Unamuno, que por otra parte reflexiona junto a otros intelectuales sobre la manera de «regenerar» el país y construir una nueva identidad que tenga en cuenta simultáneamente el pasado, el presente y el futuro.

Tradición y modernidad también coexisten en las obras de los pintores de esa época.

En la exposición de l’Orangerie aparece representada la tradición pictórica española en el retrato del escritor francés Maurice Barrès delante de Toledo (1913), pintado por Ignacio Zuloaga y Zabaleta; este pintor contribuyó al redescubrimiento del Greco, totalmente olvidado en aquel momento. Barrès, por su parte, aparece con su propia obra en la mano, un ensayo sobre El Greco.
Otras obras de Zuloaga están inspiradas en Velázquez o son retratos «clásicos» pero de factura muy fuerte de hombres vestidos de negro y mujeres con largas faldas, negras también, tocadas con mantilla y abanico, según la moda de aquella época.

Las obras de Ramón Casas expuestas en l’Orangerie son de una técnica quizás tradicional pero deslumbrante. Pienso por ejemplo en el retrato de «Madeleine» (1892), que se parece a una instantánea fotográfica. Una chica (todavía) bella bebe y fuma en un café, a imagen y semejanza de las de Toulouse-Lautrec. Dulzura, armonía de colores, entre el rojo, pardo y blanco hueso…pero la bella Madeleine está pensativa y su mirada es melancólica.

Varios pintores españoles de aquella época vivieron en París y se relacionaron con artistas franceses (o belgas, como el poeta Emile Verhaeren).
La modernidad aparece en obras que pueden hacernos pensar en los impresionistas franceses por su técnica novedosa y los temas tratados, como el barrio de Montmartre o la naturaleza. Sin embargo, conservan aspectos españoles: hay muchas representaciones del mar «latino» por pintores catalanes (Nicolau Raurich, Darío de Regoyos y Valdés), con sus juegos de luz y agua, o de Mallorca (por Joaquim Mir i Trinxet).

Lo más bello de todo es para mí «Le retour de la pêche, le halage de la barque» de Joaquín Sorolla (1863-1923). Es una pintura al óleo gigantesca (265×325 cm) que representa de manera muy realista a tres pescadores valencianos que regresan a tierra con su barca, tirada por dos fuertes bueyes. La vela de la barca es blanca y está hinchada por el viento, y el sol brilla sobre las olas, dejando reflejos grises, azules, amarillos…
Por suerte para los que no han visitado la exposición, esta obra puede verse en el Museo de Orsay en París.
Recordemos que hay muchas pinturas, por ejemplo paisajes de Sevilla o de Biarritz, que pueden admirarse en el Museo Sorolla de Madrid.

No es posible hablar de todas las telas -unas sesenta-, pero no se puede dejar de mencionar las de Pablo Picasso, que representa realmente el hoy y el mañana en los inicios del siglo XX.
Su «Bebedora de ajenjo» (1901) está pintada con grandes trazos que acentúan la blancura de su perfil duro y sus manos flacas. Al igual que «Madeleine», de R. Casas, pero de muy diferente manera, está acodada en una mesita, delante de una bebida verdosa y parece vigilar los alrededores. Su blusa y sus labios rojos contrastan con la oscuridad del lugar. Parece un ave de presa solitaria al acecho… El tema no es nuevo pero la técnica muestra una ruptura casi total con sus contemporáneos.

Así se terminó mi paseo por una época pictórica poco conocida, me parece, fuera de España.

Las telas venían de museos españoles (Bilbao, Barcelona, Madrid, Montserrat, Valencia, etc.) y de Francia (Museo de Nancy, Orsay, etc.).
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Y allí podrán admirarlas los lectores que se sientan frustrados por no haberlas descubierto todavía.

Josine CANCELIER-MAHY