Las vidas ajenas

Puente 146(2011)

José OVEJERO, Las vidas ajenas, Espasa, 2005, 284 págs.

Nos llamó la atención que la temática de los horrores del colonialismo en el Congo belga, poco tratada en la literatura francófona y menos aún en la literatura belga, diera paso a dos novelas hispánicas en menos de cinco años.
La de Vargas Llosa, El sueño del celta (Alfaguara, 2010), en la que el premio Nobel noveliza la vida de Roger Casement, uno de los primeros europeos en denunciar aquellos horrores, y Las vidas ajenas, de José Ovejero, publicada cinco años antes que la de Vargas Llosa.
Desgraciadamente, por no tener la fama del autor peruano, Ovejero y su novela no recibieron la misma acogida por parte de la crítica. Sin embargo no es un autor novel. Reputado cuentista, es también autor de cuatro novelas : Huir de Palermo , Ed. B., 1999, Un mal año para Miki, Ed. B, 2003, Nunca pasa nada y La comedia salvaje, las dos últimas publicadas en Alfaguara, en 2007 y 2009 respectivamente.

Las vidas ajenas es una novela coral escrita en tercera persona por un narrador omnisciente.
La historia se desarrolla en Bruselas, más concretamente en el barrio de Matonge, poblado sobre todo por inmigrantes procedentes de África.
Empieza a modo de una novela policíaca. Daniel Lebeaux, un empresario belga poderoso es víctima de un chantaje. Los chantajistas le reclaman quinientos mil euros a cambio de una foto y, si no paga, sacarán a la luz más datos sobre la corrupción de su familia y mandarán a la prensa pruebas que le conciernen directamente. Lebeaux pide a su asesor jurídico, el abogado Degand, que se encargue de localizar a los chantajistas.

El primer capítulo, titulado Lebeaux, nos presenta al protagonista y a su familia, metida desde el principio de la colonización belga en negocios sucios : explotación de los negros, tráfico de diamantes e, incluso, en los últimos años, venta ilegal de armas.
Pero, a partir del segundo capítulo, la novela cambia de rumbo y se dedica a retratar a los demás protagonistas, entre ellos a los chantajistas, mientras la historia del chantaje queda en suspenso.
Todos son marginales que no participan en el reparto de las riquezas de la sociedad del bienestar; tratan de sobrevivir mal que bien, dedicándose a empleos precarios legales o ilegales.
Claude es un personaje que vino andando de Tournai a Bruselas para encontrar trabajo. Trabaja de trapero. Con una reconocible furgoneta destartalada, va a vaciar pisos abandonados, de propietarios que han muerto. Lleva diez años casado con Marlène, que trabaja en una peluquería en el barrio negro de Bruselas.
A menudo a Claude le acompaña Daniel, que le presta ayuda cuando lo necesita.
Daniel, el intelectual del grupo – Había estudiado historia hasta el último curso cuando decidió no presentarse en los exámenes finales, pero era incapaz de llevar nada a término (pág. 151) – mora en una vivienda social y cobra de la nómina del CPAS. Ejerció empleos tan precarios como estrambóticos (alquilador ambulante de videos, editor de obras clásicas e incluso agricultor autosuficiente, tarea que no pudo llevar a término por no tener ni un trozo de tierra). Vive en su mundo. Cuando está bebido hace comentarios xenófobos que se limitan a los clichés habituales : que dentro de dos generaciones Bruselas se convertirá en una sucursal de Rabat, que los extranjeros se llevan todos los subsidios, [que con tantos] moros, negros, polacos … habían llegado los atracos, el tráfico de drogas, los robos de coches… En cambio, no le molestaría si su hermana se acostara con negros e incluso le agrada cuando aprende que el nuevo compañero de Chantal, Rachid, es un taxista árabe.
Al curiosear en los libros y periódicos de la biblioteca, Daniel ha descubierto documentos que tratan de los horrores de la colonización belga en el Congo : las matanzas de negros, las manos cortadas, la corrupción, la pedofilia…, horrores en los que el abuelo de Lebeaux estuvo implicado, como lo prueban fotos de aquella época.
Pero también encontró documentación sobre las condiciones de trabajo actuales para la extracción de diamantes, de coltán y otras materias preciosas en el Congo y en Sierra Leona, condiciones espantosas controladas por grupos armados. A la cabeza de esa nueva esclavitud y en el tráfico de esas riquezas está involucrado Lebeaux, según testimonian esos documentos.
Son esos hallazgos los que van a dar a Daniel la idea de hacer chantaje.

Y, por fin, otro personaje repugnante, Kasongo, mobutista de pura cepa, que huyó del Zaire en 1998 con ayuda de un general refugiado en Brazzaville, con quien había perseguido, interrogado y torturado a los oponentes a Mobutu. General que lo presentó como un caso humanitario a una ONG y que le ayudó a salir de África. Una vez en Bruselas, y después de conocer el siniestro Centro de Retención 127bis, se aceptó su solicitud de asilo por correr riesgo de muerte en caso de regreso a la República del Congo y también porque podrían necesitarlo si Kabila tuviera los días contados.
Kasongo vive a expensas de una vieja prostituta alcohólica, trapichea con drogas y se pasa los días observando a los negros del barrio.
Al tomarlo por un traficante influyente, es a él a quien se dirige Daniel para conseguir una pistola. Kasongo, en su primer trabajo en Bélgica, había viajado con frecuencia a Aquisgrán. Se acuerda de que en un área de descanso de la autopista, al anochecer, solía haber coches lujosos (BMW, Mercedes,…) aparcados, sin conductor al volante. En su imaginación debían de ser traficantes de categoría, traficantes de armas venidos de países del Éste. Movido par el afán de lucro, Kasongo va a ese lugar con un Golf prestado. Como había visto en las películas, Kasongo traba contacto, habla de dinero, regatea,… sin darse cuenta de que no se trata de traficantes de armas sino de homosexuales en busca de una aventura de la cual Kasongo no saldrá ileso.
Es en ese capítulo, titulado Kasongo, en donde se cuentan, por boca de este personaje o por la intervención del narrador omnisciente, los horrores practicados en el África contemporánea. En las concesiones mineras en manos de los blancos y de sus esbirros, las guerras interétnicas, las aldeas arrasadas, las masacres de poblaciones, el trabajo forzado de los indígenas -incluso de los niños-, los malos tratos que no tienen nada que envidiar a los que practicaban los primeros colonos…

En cuanto al chantaje, fracasa. Por lo menos en lo que se refiere a Daniel y a Claude, puesto que otros se beneficiarán. Pero no vamos a desvelar el desenlace.

Daniel y Claude actuaron como los principiantes y los ingenuos que eran. No se percataron de que la furgoneta de Claude, con la cual vigilaban la casa y las idas y venidas de Lebeaux, había sido localizada desde hacía tiempo, de que el lugar en que Lebeaux tenía que entregar el dinero no era un lugar en absoluto adecuado, de que la pistola comprada a Kasongo estaba inservible por no tener percutor,…Pues bien, “palomos eran y palomos quedarán”.

En tela de fondo se dibuja la temática del exilio: las condiciones de vida de los inmigrantes hacinados en barrios que se han convertido en guetos, morando en pisos insalubres hasta que los dueños les echen para derribar las casas, viviendo de trapicheos o de empleos precarios, matando el tiempo agrupándose en tabernas – en este caso «chez Biche»-, en torno a una cerveza, añorando no tanto su país como sus familias, esperando su turno en los locutorios ruidosos e incómodos para intercambiar unas palabras con una madre, una esposa o un hermano.
Con excepción de los ricos que viven en viviendas lujosas en sus guetos dorados, de los que están excluidos los demás –salvo cuando los necesitan para trabajos sucios -, con sus terrenos de golf, sus funciones de gala,…los demás protagonistas son exiliados por estar desarraigados de su país, de su familia (en este caso, los magrebíes, los negros,…) o por estar marginados en su propio país (Daniel, Claude, Marlène, Chantal,…)
Sus vidas son ajenas como lo son las vidas de los ocupantes fallecidos de las casas que vacían Daniel y Claude.

Las vidas ajenas es una gran novela muy rica, que nos introduce en un mundo que rozamos cotidianamente como si fuera un mundo aparte, yuxtapuesto al nuestro. No hay ni miserabilismo ni maniqueísmo. Los protagonistas de ese universo, salvo Kasongo, incluso son simpáticos con sus sueños, sus torpezas y su sentido de la solidaridad, más vigente en su mundo que en el mundo de los Lebeaux y Degand, en el que conseguir dinero es el móvil primordial que les anima, cualquiera que sea la manera de conseguirlo.

Y, como guinda, está escrita en una prosa depurada.

Rodolphe STEMBERT