Mi viaje a Salamanca en agosto de 2009

Puente 139(2009)

Estaba segura de que jamás podría ganar este primer premio. Pero quería aceptar el desafío y las ganas de ir hasta el final de mi proyecto me permitió encontrarme, unos meses más tarde, con este primer premio entre las manos, un premio que me abrió las puertas de un viaje maravilloso.

Tengo que confesar que hasta haber pasado la aduana en el aeropuerto de Zaventem, las dudas y el miedo me invadían. Pero una vez sola en este gran aeropuerto, con mi tarjeta de embarque en la mano, lo único que sentía era la impaciencia de descubrir a mi familia, mi escuela y a mis futuros amigos. iOjalá todo pasara bien! 15 días más tarde, mi tristeza al salir de Salamanca sería la prueba más evidente que esta estancia había ido más allá de mis esperanzas, más allá de lo que hubiera podido imaginar. Con el fin de poder hacerles compartir mis emociones, pienso que lo más simple es contar las cosas por orden.

Domingo, 9 de agosto, por la mañana, dirección aeropuerto de Bruselas. No encontré problemas en la aduana excepto con la botella de agua que se había quedado en el fondo de mi bolsa, pero eso es sólo un detalle. Como ya había viajado sola, no me asustaba. Pero entrar en mi nuevo colegio, en una ciudad completamente desconocida y el vivir en una familia también desconocida, eso sí me asustaba.

Por suerte, en el avión se encontraba a mi lado una persona mayor, que había vivido varios años en España. Me contó algunos momentos de su vida… Me sentía muy a gusto con ella. Pero dos horas más tarde la aventura me esperaba.

Tardé más de una hora, en autobús, para llegar desde Madrid al centro de Salamanca, pero el tiempo pasó relativamente pronto. ¡ Ya está, llegué ! Ya no podía dar media vuelta, tenía la puerta del edificio de mi casa en frente de mí. Después de haber hecho dos o tres inspiraciones profundas, llamé a la puerta. Me abrió una mujer encantadora, era tan acogedora que directamente me sentí tranquilizada.
Descubrí a la familia o más exactamente a las estudiantes: tres americanas, una turca y una italiana, todas muy simpáticas. Apenas llegada, salí con una de mis nuevas compañeras a descubrir y a memorizar el camino hasta la escuela. Solamente después pude realmente impregnarme de este ambiente único, muy español, que invade cada tarde la Plaza Mayor donde se entrecruzan grupos de músicos rodeados por otros grupos de turistas seducidos por el ambiente de la ciudad.

El lunes, a las 7h00, ya estaba de pie: no iba a levantarme tarde este primer día de colegio. Todo empezó con una prueba de nivel y después me fui a mi aula. Una profesora de conversación encantadora abrió mi primer día. Luego seguí con dos horas de gramática con un profesor muy entusiasta. Tras una breve pausa, terminamos las dos últimas horas de conversación con otro profe muy dinámico. Y esto se repitió durante dos semanas, para mi gran satisfacción.

Mis mañanas, pues, estaban bien ocupadas con esas cinco horas de clase. Afortunadamente tenía la tarde libre para relajarme. Pero, primera sorpresa para mí, no hay que esperar la menor animación en la ciudad por la tarde, así que comprendí rápidamente que era preferible echar la siesta como lo hacen los salmantinos.

Vino entonces el atardecer… Las estudiantes de mi piso y yo, después de haber saboreado la comida de Victoria (la dueña del piso), salimos a la ciudad. No esperaba gran cosa, pensando que estábamos en un día de semana y que seguramente el centro estaría muy tranquilo. Pero hay que saber que nunca hay que subestimar a los españoles cuando se trata de festejar, sobre todo con esos estudiantes que vienen de todas partes del mundo para practicar el idioma y que sacan provecho al máximo de su estancia. Así pues, sin haberlo previsto, pasé una tarde más bien agradable. ¡Y se repitió todos los días!

Ya estábamos en fin de la semana. ¡Qué rápido pasaba el tiempo! Y ¡hasta yo me aficioné a la emisión » Corazón » de una cadena española…!
El sábado salí de excursión. A Ávila y a Segovia. Dos ciudades fascinantes, cada una con su particularidad: Ávila con unas murallas impresionantes que rodean la ciudad y Segovia con su famoso acueducto. Compartí este agradable día con un nuevo grupo de jóvenes que se convertirían en mis amigos la semana siguiente y con quienes viví unas tardes maravillosas e instantes inolvidables. Al día siguiente, anduvimos por la tarde por la orilla de un río, otro momento muy agradable a pesar del calor que nos mataba a todos.

Otra vez lunes, esta vez a las 09h 30. Como ya formaba parte de los antiguos estudiantes, podía llegar más tarde al colegio. Los días iban pasando, poco a poco, y cada vez me ponía más triste y mi corazón se encogía cada vez más. Temía sobre todo el domingo, día de mi salida. Por eso adopté el ritmo de vida español. Total, saqué provecho de esos últimos días. Las clases de la mañana se encadenaban con las salidas, las tapas, las visitas de la ciudad e incluso el cine, a última hora de la tarde, con los amigos.

Viernes 21. Ya era hora de despedirme de los profesores que me rodearon durante estos quince días. Fotos y correos electrónicos evidentemente formaban parte del ritual.
Sábado 22. No sé cuántos nuevos amigos tendré en Facebook, muy útiles para hacer frente a despedidas y separaciones. Una cosa segura es que tengo el corazón oprimido al dejarlos.

Cuando repaso mentalmente estas dos semanas de alegría, de risa, de intercambio, de descubrimiento, me sigue conmoviendo. Por eso, desde lo más hondo del corazón, les doy las gracias a todas las personas que han hecho posible este viaje maravilloso que, para siempre, quedará en mi memoria como una experiencia única. Gracias a la embajada de España, a la S.B.P.E, a mis padres, que me han apoyado a lo largo de la realización de mi proyecto, y desde luego a la Señora Goor, que me ha permitido realizarlo e ir hasta el fin.

Camille de FROIDMONT
alumna de sexto curso en el Centre Scolaire St-Benoit St-Servais de Lieja