La colmena

Puente 129(2007)

Un café, una ciudad, mucha pobreza: La colmena de Camilo José Cela

La colmena se publicó en Buenos Aires en 1951, y según Gonzalo Sobejano «es un reflejo, que aspira a ser exacto, del Madrid de 1942» (112), visto en el tiempo de cuarenta y ocho horas y en el «Final», unas horas de un día un poco después, en una época exacta (justo antes del día de la Navidad). Hay doscientos noventa y seis personajes de ficción y alusiones a cincuenta personas reales en la obra. Casi todos están «en lucha con la situación en que la vida y la historia españolas los había colocado» Los personajes son principalmente gente cuyas vidas son «grises, vulgares y cotidianas. . . y todos sus personajes .. . viven inmersos en su propia insignificancia» (Sobejano,113) . Continúa Sobejano diciendo que «el tema central es la incertidumbre de los destinos humanos. . . el más importante subtema es la incomunicación; . . .la alienación» (115), sobre todo, cuando los personajes vagan por las calles de la ciudad por la noche. Y las escenas quizá más importantes se desarrollan por la noche (excepto, por supuesto, el final).
Para Sobejano, La colmena, más que cualquier otra novela de Cela, «abre el camino hacia un realismo social» porque «se trata de la sociedad española en una fase determinada de su historia y en una concreta situación» (118). Es, en parte, la incomunicación y hasta la desesperación del hombre español del momento (119). A través de todos los años, el trasfondo de todas las novelas de Cela ha sido la España del día y con el individuo en toda su soledad dentro de esta sociedad (Wasserman, 17, 18).
En La colmena, Cela aspiraba a crear «…una novela reloj, una novela hecha de múltiples ruedas y piececitas que se precisan las unas a las otras para que aquello marche» (Wasserman, 85). Los personajes están allá dentro de su insignificancia y todos valen (o no valen) lo mismo. Todos están solos y sufren del hambre de la pobreza de posguerra y del frío del invierno madrileño. Y del frío interno de la vida de posguerra, con el gobierno de un «generalísimo» y su gobierno dictatorial. Veamos el libro:
La mañana sube, poco a poco, trepando como un gusano por los corazones de los hombres y de las mujeres de la ciudad; golpeando, casi con mimo, sobre los mirares recién despiertos, esos mirares que jamás descubren horizones nuevos, paisajes nuevos, nuevas decoraciones.
La mañana, esa mañana, eternamente repetida, juega un poco, sin embargo, a cambiar la faz de la ciudad, ese sepulcro, esa cucaña, esa colmena…
¡Que Dios nos coja confesados! (229).
Dentro de este Madrid, tenemos el otro sitio importante: el café «Las delicias», nombre mencionado solamente una vez en la novela, bajo el «régimen» de la dictatorial doña Rosa. Es su mundo y allá manda ella: «Para doña Rosa, el mundo es su Café y alrededor de su Café, todo lo demás» (19). Si una ciudad, como Madrid, representa fácilmente una colmena, con los ires y venires de sus habitantes, el Café representa otra (a lo mejor se debiera haberse titulado el libro «Las colmenas»). España (y así, Madrid ) acababa de salir de una sangrienta guerra civil; todavía había la segunda guerra mundial en Europa, (se mencionaba a Hitler varias veces); y en el café, el mármol de las mesas venía de lo que antes eran lápidas, con el R I P todavía presente (20). Doña Rosa, sin embargo, va a misa todas las mañanas, y desayuna en «su café» al volver de la iglesia. Piensa en la guerra europea, en la inseguridad de los tiempos, en los empleados y sus «exigencias» y se dice: «—Pero quien manda aquí soy yo ¡mal que os pese! Si quiero me echo otra copa y no tengo que dar cuenta a nadie. . . . Y si quiero, echo el cierre para siempre y aquí no se despacha un café ni a Dios. Todo esto es mío, mi trabajo me costó levantarlo.» El café, sobre todo, es suyo (227), y por esto la comparo con un dictador, como el gobierno dice que el país es «suyo» o como el individuo piensa que ciertos derechos son «suyos». A doña Rosa la describen en un momento así: «Gorda, abundante, su cuerpecillo hinchado se estremece de gozo al discursear; parece un gobernador civil» (52).
Es también de sumo interés comparar el café de doña Rosa y el papel que desempeña el café en la sociedad de los pobres con las escenas de Midaq Alley de Naguib Mahfouz. El trasfondo del libro es la Segunda Guerra Mundial, y la gente pobre del Cairo quiere ir a trabajar para los ingleses a fin de mejorar su nivel de vida. Dentro de la pobreza y la falta de trabajo, esto era una salida que los jóvenes creían que nunca terminaría. Igual a La colmena y la vida de los madrileños, este libro está comentando la vida egipcia al principio de los años cuarenta. Pero al contrario, la acción transcurre en mucho más tiempo, y refleja las ambiciones de varios personajes a través de toda la vida (x, xi). Midaq Alley existe dentro del Cairo y toda la vida de los personajes gira en torno al sitio mismo. Hay un café, el de Krisha, que no tiene nombre. El dueño, como doña Rosa, es un tirano, pero también refleja las debilidades humanas, porque fuma hashish y le gustan los muchachos guapos (aunque está casado, con siete hijos). Por esto, era un hombre pobre, en contraste con doña Rosa, porque él gastaba en sus vicios sin pensar en nada. Es, otra vez, en la noche cuando vemos la vida del café. Y es la vida de los hombres, porque las mujeres decentes están en sus casas. Hasta hay un poeta viejo, Darwash, pero éste es más bien un juglar que un poeta como Martín Marco. Vive sin casa, familia, sin nada, excepto lo poco que gana en los cafés. Y éstos ahora le están impidiendo recitar porque el «progreso» ha traído la radio. El aire caliente dentro del café contrasta con el aire frío de afuera, como en La colmena, pero es por las pipas de agua y el café. En un país árabe, no van a tomar copas para divertirse en un barrio que no sea de los extranjeros, o de los militares extranjeros que están en la capital.. Hay sólo un camarero, Sanker, y el dueño mismo le sirve «al muchacho del momento»
Los «otros cafés» en el libro son las tabernas para los que no eran musulmanes. El hijo de Krisha odia su vida, pierde todo, y va a beber. Hamida, la joven bellísima del callejón, termina prostituyéndose para ganar el dinero, la ropa y las joyas que no puede tener en casa de su madrastra, y termina casi muerta en otra taberna. Pero, al igual que Martín, nunca sabemos exactamente cómo termina su vida después de la tragedia (o, en el caso de él, de lo que dice el periódico). En realidad, no hay ningún café exactamente paralelo al de doña Rosa, Sin embargo, el callejón mismo es un paralelo a la colmena de las vidas de los pobres de la ciudad.
Hacia el final del libro, la noche vuelve, con sus matices del color negro (la cara de Krisha y de su hijo también eran casi negras), las luces se iluminaron, el tráfico seguía con indiferencia del día o de la noche. Había ruidos por todas partes. Los vendedores ambulantes gritaban y la gente corría hacia sus casas (279,280). Después de un rato, y una muerte, la vida del callejón volvió a su ritmo de indiferencia y monotonía, igual a la vida de los pobres del libro de Cela.
Lo más cercano a doña Rosa como mujer, sería la señora Saniya Afify, dueña de varias casas que alquilaba a inquilinos que vivían o tenían sus tiendas allí.. Dice que es muy difícil ser mujer y cobrar el alquiler de los hombres desconocidos (11-17). Le gustaba fumar, tomar café y guardar el dinero que recogía. Doña Rosa compartía estos gustos, excepto que prefería el anís. De esta forma se ven los paralelos entre dos ciudades de casi la misma época y la vida paralela que llevan sus habitantes.
Doña Rosa tiene dos tipos de clientes: los que vienen para merendar y los que vienen después, a charlar y a tomar una copa. Casi no se mezclan, excepto Elvirita, la pobre que «no hace nada, . . . pero por no hacer nada, ni come siquiera. Lee novelas, va al Café, se fuma algún que otro tritón y está a lo que caiga.» Por desgraci a, poco se cae y por esto está en malas condiciones (23). En esto se parece un poco a Martín Marco, el único personaje «importante» (al lado del café y del Madrid), y ambos reflejan el peor estado de la humanidad de aquella época. Elvirita es una de las pocas personas con quienes doña Rosa conversa en un tono «civil» en el libro. Pasa mucho tiempo en el café y abarca los dos «turnos» de clientes, en general, diferentes. Pero todos van y vienen con sus mundos, sus pesares, sus gozos, sus preocupaciones, su dinero o la falta de él, a cuestas. «En el café de doña Rosa, como en todos, el público de la hora del café no es el mismo que el público de la hora de merendar. Todos son habituales, bien es cierto, todos se sientan en los mismos divanes, todos beben en los mismos vasos, toman el mismo bicarbonato, pagan en iguales pesetas, aguantan idénticas impertinencias a la dueña, pero sin embargo. . . la gente de las tres de la tarde no tiene nada que ver con la que llega dadas ya las siete y media;. . . todos guardan en el fondo de sus corazones, de que ellos son, realmente, la vieja guardia del Café.. . .Los dos grupos… son incompatibles.» (103-104). Sólo se queda siempre la señorita Elvira, que «es ya casi un mueble más» (104).
Otro habitual, don Pablo, cuando tiene que estar en casa con la visita de los sobrinos de su esposa, les echa la culpa de su demora: «A estas horas estaba ya todos los días en el Café de doña Rosa, tomándose su chocolate» (182). Doña Rosa manda con insultos a los empleados del café pero están resignados: «Doña Rosa se separa de la tarima de los músicos mientras el violinista y el pianista, con resignado gesto de colegiales, rompen el tumulto del Café con sus viejos compases…(57, 58), el uno, pensando en su mujer, y el otro sin pensar en nada. Al mismo tiempo, al otro lado del café, doña Rosa riñe a un camarero. Todos tienen la costumbre (58). Se dice que no es «sensitiva» y exige «respeto» (26). Sus empleados la insultan por dentro, pero la aguantan para sobrevivir. Y se supone que ella, en el fondo, odia a los clientes pero les sonríe porque le dan el dinero para salir adelante y lucirse en su oficio de dueña de un café que vale.
En general, los clientes se sienten bien en el Café. Don Jaime Arce «anda buscando un destino» (21), no trabaja, y puesto que está bien en el café, pasa todo el día allá (21-22). Doña Isabel Montes, viuda de Sanz, también suele pasar su tiempo en el café. Se le acababa de morir su hijo Paco, y en el café «mata» su dolor y tiene compañía y algo de respeto y conversación (22, 23, etc.). Otro cliente, mejor de fondos, siempre pide su copita, un poco parecido a la misma doña Rosa, que también toma copitas de ojén cuando está sola (24, 19). Martín Marco, más o menos, vincula este mundo del café con el del Madrid: «Un jovencito melenudo hace versos …»y no puede pagar su café aunque espera ser bien pagado por su largo poema. Lo echan del café (25, 26, 44 36), aunque el echador le tiene lástima como otro ser humano y lo deja ir sin tocarlo, a pesar de las órdenes de doña Rosa. (Antes, y esto sí que es importante, el joven se sentía mal y lo llevaron al retrete para que «el olor del desinfectante lo espabil/ara/.») (46).
Al echarlo del café, sin darle las patadas deseadas por doña Rosa a causa de algún acercamiento entre seres pobres, «Martín Marco tira lentamente por el bulevar abajo, camino de Santa Bárbara (una de las muchas ubicaciones específicas dentro del libro). «¡Va sin un real!» mientras los demás casi corren para escaparse del frío. Martín «mira la ciudad como un niño enfermo y acosado, /y/ mete las manos en los bolsillos del pantalón»: No tiene ni abrigo, ni guantes ni dinero ni nada (59, 60). Martín va por la calle de Sagasta y mira los escaparates: «los lavabos parecen lavabos del otro muno, lavabos del Paraíso, con sus grifos relucientes, sus lozas tersas y sus nítidos, purísimos espejos». Piensa en los colores de los lavabos, en los baños, bidets, y piensa que «–La vida–piensa– es todo. Con lo que unos se gastan para hacer sus necesidades a gusto, otros tendríamos para comer un año. . . Lo malo es que, cualquiera sabe por qué, los intelectuales seguimos comiendo mal y haciendo nuestras cosas en los Cafés». Martín piensa en la sociedad, en las diferentes clases sociales y en la idea de que todos los seres humanos deberían ser iguales. Esto sería mejor tanto para las personas como para las ciudades en general. Más adelante, Martín acaba de comer sus cuatro castaños (lo curioso es que la señorita Elvira, casi tan pobre como él, también cena cuatro castaños, comprados camino de su casa, por la plaza de Alonso Martínez, (71)), y él se fue a la calle Goya. «–Nosotros vamos corriendo por debajo de todos los que están sentados en el retrete. ¡Qué ajenos están…» y va enumerando las estaciones del metro que sirven a la «gente bien»: Colón, Serrano, Velázquez, Goya. El va a casa de su hermana, Filo, que vive «al final de la calle de Ibiza» para que le dé algo de comer, con tal de que no esté su cuñado porque los dos hombres no se pueden ver (69, 70).
De noche, Martín Marco prefiere vagar por la ciudad sin un centavo y «sin rumbo fijo»: «sube por Torrijos hasta Diego de León, lentamente, casi olvidadamente, y baja por Príncipe de Vergara, por General Mola, hasta la Plaza de Salamanca,» se sienta en un banco y piensa en todos los que se sentaban allá de día. También piensa en que «Ahora hablan de dar unos carnets de identidad, con fotografía y hasta con las huellas dactilares, pero eso lo más probable es que todavía vaya para largo. Las cosas del Estado marchan con lentitud» (166, 167). Otra vez tenemos el vínculo de la pobreza, de las clases sociales, de lo político de posguerra y de un hambriento que vaga por la capital deseando un cambio radical a favor del pueblo. Sigue caminando , «sale por Lista y al llegar a la esquina de General Pardiñas le dan el alto, le cachean y le piden la documentación». Martín había ido haciendo ruido con los pies y los guardias no le vieron la gracia (170). Martín contesta que no tiene documentos porque los dejó en casa. Se presenta e incluso dice que «Colaboro en la prensa del Movimiento…» (172) y los policías lo dejan ir pero sigue espantado, corriendo con miedo. Nos preguntamos por qué si no ha hecho nada, pero este dato nunca se acalara. Corre, suda, piensa, insulta el país y termina rendido (173-175). Martín sigue tratando de explicarse y justificarse todo lo que había pasado y para a tomar agua de una fuente (puesto que no tiene dinero para meterse en ningún sitio): «Un sereno se le acerca, toda la cabeza envuelta en una bufanda…» (176). Este es sólo una mención del papel de los serenos en la ciudad y en la sociedad madrileña del día (176). Al volver a la casa donde duerme, «Martín baja por Alcántara hasta los chalets, tuerce por Ayala y llama al sereno» antes de cambiar de idea. El sereno lo llama «señorito» porque es amigo de un joven con dinero que vive allí. Piensa Martín que «Este sereno es un miserable, los serenos son todos muy miserables, ni sonríen ni se enfurecen jamás sin antes calcularlo» (177). Martín va a la calle de Montesa, al burdel de doña Jesusa (178). «La noche se cierra, al filo de la una y media o de las dos de la madrugada, sobre el extraño corazón de la ciudad. Miles de hombres se duermen abrazados a sus mujeres sin pensar en el duro, en el cruel día que quizá les espere, agazapado como un gato montés, dentro de tan pocas horas». Martín duerme con Pura por la caridad de la dueña (180). La ciudad, los cafés, las aceras, las oficinas, en todas partes vemos lo bueno y lo malo de la ciudad, del medio ambiente de posguerra, de la pobreza, del gobierno del hambre y del frío de todos.
Entre otros personajes, también se refleja que la ciudad es tan pequeño como el café: Julita entra en su casa y pregunta por su papá. Contesta la madre que él ya se marchó y no volverá tan rápidamente. «¿Por qué me lo preguntas? dice. «No, por nada. Me acordé de él de repente porque lo vi en la calle». (en una casa de citas, pero ya cada uno sin su pareja). Y la madre piensa «¡Con lo grande que es Madrid!» aunque Julita dice que «es un pañuelo. Lo vi en la calle de Santa Engracia. Yo bajaba de una casa, de hacerme una fotografía» (181):
Aparte Martín, hay un mundo noctámbulo importante. Los portales están cerrados, la calle «va tomando un aire entre hambriento y misterioso,» y los ricos, sobre todo, van a los cafés o los cabarets. «Todo, menos quedarse en casa».Los noctámbulos ocasionales corren a sus casas. Los guardias y los serenos están en las calles (144, 145, etc.). Muchas veces los guardias esperan a sus novias que son criadas. El guardia Julio García Morrazo y Petrita, la criadita de Filo y don Roberto, se ven de noche, en los solares de la Plaza de Toros, «incómodo refugio de las parejas pobres y llenas de conformidad…»(165, 166). Estos son los que no tienen verdaderamente nada excepto el amor y el calor de sus cuerpos juntos.
Hay multitud de ubicaciones más en el libro pero mencionarlas todas requeriría un plano detallado del Madrid de los años cincuenta. Muestran, sin embargo, cómo la gente entra, sale, vive, reacciona, igual que las escenas en el café muestran las idas y venidas de la gente, sus costumbres y sus vínculos con los diferentes lugares madrileños mencionados. Pero sí quedan dos cosas más de importancia con relación con la gente, la vida, el café y la ciudad: los traperos que llegan y el final de todo o todos sin jamás saber el final de ninguno.
Don Fernando y su esposa, doña Lolita, vivían en la misma casa donde ocurrió el crimen de la muerte de doña Margot (madre del «maricón»). La muerte y el hijo no vienen a cuenta; sin embargo, cuando revisaron el edificio entero buscando una pista para encontrar al criminal, don Fernando encontró al amante de su mujer en la cesta de ropa sucia. Por esto, ella, hablando con su sobrino, le pide que la saque de casa y que lo venda a «algún trapero» y que guarde él el dinero por haberla ayudado. El la cree loca, pero lo hará (134).
El capítulo siete empieza con una descripción de la mañana en Madrid, cuando Martín Marco se despierta en la cama con Purita. Le gusta escuchar «los ruidos de la ciudad, su alborotador latido: los carros de los traperos que bajan de Fuercarral y de Camartín, que suben de las Ventas y de las Injurias, que vienen desde el triste, desolado paisaje del cementerio y que pasaron—caminando desde hace ya varias horas bajo el frío–al lento, entristecido remolque de un flaco caballo, de un burro gris y como preocupado. Y las voces de las vendedoras que madrugan, que van a levantar sus puestecillos de frutas en la calle del General Porlier. Y las lejanas, inciertas primeras bocinas. Y los gritos de los niños. . .» (221). La mención de los traperos es importante porque pone hincapié en el clima y el ambiente interno y externo de tristeza, de frialdad y de hambre que gran número de los personajes experimentan. También vincula el libro aun más a La busca de Pío Baroja, del cual, para mí, es un desciendente. Aunque ya era hora de que Cela se ocupara de la ciudad en vez del campo, la pobreza, la frialdad, la crítica social y la soledad del ser humano siguen constantes en todas sus obras. Y le siguen a don Pío perfectamente. (También es curioso notar que La busca es el primer libro de una trilogía, La lucha por la vida, que don Pío escribió y que La colmena es el primer libro de una trilogía, Caminos inciertos, que Camilo José nunca prosiguió).
«El señor Custodio, que había nacido cerca de aquella hondonada en donde estaba su casa, sentía por sus barrios, y, en general, por Madrid, un gran entusiasmo; el Manzanares era para él un río tan serio como el Amazonas» (270). El señor Custodio es el trapero principal de La busca de Baroja. Y antes, se decía que «Aquel severo, aquel triste paisaje de los alrededores madrieños con su hosquedad torva y fría le llegaba a Manuel al alma» (174). Y aún antes el autor nos había advertido que en los barrios pobres próximos al Manzanares, hay «el espectáculo de miseria y sordidez, de tristeza e incultura que ofrecen las afueras de Madrid con sus rondas miserables, llenas de polvo en verano y de lodo en invierno. La corte es ciudad de contrastes; (61). Incluso, al llegar Manuel a las afueras, el chico que nació y creció en un pueblo oye de su primo que «en Madrid está todo lo mejor» (71).
Antes de que Manuel se uniera con el señor Custodio, había visto a algunos traperos en unas situaciones de vida: «Manuel . . .miró cómo unos traperos hacían sus apartijos, después de extender el contenido de los sacos en el suelo» (193). Nunca pensó que participaría en la vida de ellos y gozar de esto. Había grupos de «vendedores ambulantes» incluyendo mendigos, que trataban de hacer negocio con cosas bastante inútiles y otras, a veces, útiles (230, 231). A través de todo el libro, Manuel siempre tiene frío. Después de una noche al aire libre, Manuel llega a conocer al señor Custodio que le ofrece casa y comida si trabaja con él. Acepta en parte porque le parece una buena persona. Baroja, como Cela, nos da una serie de ubicaciones específicas donde van recogiendo trapos, papeles, etc. Vive con la pareja en su «casucha» y Manuel, incluso, llega a sentirse contento. Dentro había trapos, ropa, frascos, botellas, tarros, botes, etc. representando lo que había recogido el trapero. Pero todo estaba limpio y ordenado. Reinaba el silencio de un pueblo en vez de los ruidos de la ciudad.(257-268). Hasta llega Manuel a pensar que toda la escena, formada «por todo lo arrojado del pueblo como inservible, /era/. . . un lugar a propósito para él, residuo también desechado de la vida urbana» (264). Le gustaba el campo abierto que antes no había visto. Manuel iba con el trapero por sus rutas madrileñas y al llegar a casa, separaban lo recogido. Manuel vio que el hombre ganaba suficiente dinero para vivir y sabía cuándo y dónde vender su mercancía. Manuel vio una atracción en esta vida «tosca y humilde, sustentada con los detritus del vivir refinado y vicioso»; le gustó pensar que todo lo echado como inútil o menospreciado por la ciudad, cobraba valor en contacto con la tierra y los traperos. Esto es un poco como Martín Marco se sentía en su excursión al cementerio en el aniversario de la muerte de su madre.
El trapero sabía calcular el valor de los desperdicios y además era casi moderno al pensar en «reciclar» algunos productos. También conocemos al Conejo, el bufón que ayuda a los traperos a vender en el Rastro. (269-282) Y aunque dejara la casa del señor Custudio, éste le influyó hasta el punto de alejarse después de reunirse con los golfos y al pensar: «Comprendía que eran las dos de los noctámbulos y las de los trabajadores vidas paralelas que no llegaban ni un momento a encontrarse. Para los unos, el placer, el vicio, la noche; para los otros, el trabajo, la fatiga, el sol». El decidió finalmente formar parte de los trabajadores y no buscar más placer en las sombras (297). Este párrafo también marca un paralelo con los dos mundos de La colmena, la gente noctámbula y la del día.
Veo más semejanzas con la pensión, las casas en donde Manuel vivía con el café y doña Rosa y con el sufrimiento, el hambre, el frío y la soledad de Martín Marco. Doña Casiana mandaba en su pensión igual a doña Rosa en su café. Cuando salió Manuel, fue a vivir al Corralón, una enorme casa sucia, oscura, que daba a un patio sucio, con unas galerías, etc. La escena recuerda bien La colmena (83-92). Tanto en la casa, como en la zapatería del primo, como en la casa de éste, se ponía de manifiesto la pobreza. Vivían casi todos los personajes con hambre y con frío. Además, los personajes suelen entrar en y salir de diferentes tabernas, con o sin dinero. Claro que también hay diferencias entre las novelas, pero es interesante ver cómo algunos de los mismos temas se iban desarrollando a través del siglo y en libros de dos de sus más grandes novelistas.
El «Final» de La colmena tiene lugar tres o cuatro días después de la acción del libro. Madrid empieza a prepararse para la Navidad. «se oye, entre el hervir de la calle,…» las campanas de las iglesias y las personas se cruzan sin mirarse, sin darse cuenta del que va «con el estómago deshecho o un quiste en un pulmón…» (230). Doña Rosa va a hacer sus compras con la criada detrás de ella. Prefiere el final de la mañana cuando los vendedores están demasiado cansados para regatear demasiado y así se saca los mejores precios (230). Al encontrarse con su hermana, doña Visi, se entera de que Julita tiene un novio y ve todo mal al esperar que todo salga bien. Dice la hermana: «tú siempre viviéndolo todo negro!» (231).
«Aún quedan tranvías en los que la gente se sienta cara a cara, . . .» Cada cual piensa, a veces, en la persona de enfrente, probablemente porque es más fácil que pensar en uno mismo (231). «Martín viene de Atocha. Al llegar a Ventas se apea y tira a pie por la carretera del Este. Va al cementerio a ver a su madre . . . que murió hace algún tiempo, un día poco antes de Nochebuena» (232). Los alrededores son de lo más pobres: «Desde el camino del Este se ven unas casuchas miserables, hechas de latas viejas y de pedazos de tablas.. . . «los niños juegan en o al lado del agua sucia y maloliente del riachuelo y «unas mujeres buscan en los montones de basura» (232, 233). «Martín tira por los largos caminos del cementerio». Un cura lee, una muchacha en bicicleta canta, los pájaros pían, y Martín se regocija en un «bienestar inefable» debido al «grato silencio del cementerio» (236). Martín va a la tumba de la madre en su aniversario «cuando se acuerda» pero, aunque hace frío, se siente bien allí (237). (En medio de este bienestar, sus amigos y familiares están muy inquietos por unas líneas en el periódico. Nunca sabremos qué es lo que Martín supuestamente ha hecho; Filo dice que él «no hizo nada. . . eso debe ser una equivocación, nadie es infalible, él tiene sus cosas en orden… (238). ¿Será un vínculo con la escena con el guardia, de la documentación, etc. No se nos aclara pero contrasta la vida en el campo (el cementerio) con la de la ciudad). Al abandonar la tumba de la madre, Martín decide que va a buscar un trabajo y le pide un periódico a un empleado.Lee las noticias en vez de buscar un empleo y así aunque se siente bien por el aire del campo, deja la sección de anuncios para más tarde. Goza del aire, mejor que el del centro de Madrid, aunque vuelve, por la Plaza de Toros, y Alcalá, etc. El final decepciona porque nunca sabremos ni la suerte de Martín, ni de los demás, ni del Madrid, ni de los pueblos del cinturón, ni de doña Rosa, ni del café, ni de nada. Sólo vemos que Martín y muchos otros pobres y hambrientos, por buenos propósitos que tengan, nunca tendrán suerte ni en el café, ni en la ciudad, ni en ninguna colmena en que se encuentren.

Carol WASSERMAN
Borough of Manhattan Community College
The City University of New York