Marivaux y Challe, dos herederos franceses de Cervantes

Puente 122(2005)

Desde su publicación, en 1605, la influencia del Quijote se difundió significativamente en la literatura francesa. A lo largo del siglo XVII, mediante la traducción de Oudin y Rosset , lo que sobre todo llamó la atención de los franceses fueron las novelas breves insertadas en la primera parte. Dichas novelas breves suscitaron, tal como en España, varias adaptaciones teatrales de menor interés (véase por ejemplo a Rotrou). Pero el que comprendió en el acto cómo funcionaba la novela de Cervantes fue Scarron con su Roman comique : no le interesó tanto la pintura de una monomanía sino la manera muy fina con la cual Cervantes une la realidad cotidiana a la ficción literaria más libre, e introdujo a su vez cuatro historias cuyo tono novelesco contrasta con las aventuras de los cómicos de la legua en sus andanzas alrededor de la ciudad normanda de Le Mans.

En los primeros años del siglo XVIII estaba tan presente la influencia del Quijote que, esta vez, dos novelistas franceses, y de los grandes, van a tomarlo claramente como modelo.

Marivaux, a quien nuestros contemporáneos sobre todo conocen como el autor de obras teatrales como Les Jeux de l’Amour et du hasard y Les Fausses confidences , había concluído la redacción del Pharsamon ou les Folies romanesques antes del mes de diciembre de 1712. Por motivos que sólo se relacionaban con la política comercial de su editor, Prault, la novela no apareció sino hasta agosto de 1737. Marivaux tenía entonces cuarenta y nueve años : ya es tarde para publicar lo que concretamente es « un roman de jeunesse », la obra de un principiante. Será más tarde, de nuevo por motivos meramente editoriales que Duchesne, otro editor parisiense, sustituirá en 1765 el título original Pharsamon ou les Folies romanesques con uno más llamativo : Le Don Quichotte moderne. La novela se inspira en la temática cervantina, que implica, como en el Quijote, que el héroe, hechizado por su biblioteca imaginaria y sus héroes, el Amadis de Gaula, el Orlando furioso, y tantos otros, sea incapaz de interpretar debidamente la realidad. Acompañado por su fiel mozo, Cliton, antes llamado Colin, Pharsamon recorre las provincias francesas. Mientras establece una relación sentimental meramente platónica con una doncella, Cidalise, tan apasionada por los libros de caballería y enloquecida como él, descubre la auténtica vida cotidiana de los campesinos. Marivaux se divierte al confrontar las visiones idealizadas de Pharsamon con el relato más conmovedor de Cliton, su mozo, quien describe sus recuerdos de juventud, sus juegos con su amo y la vida de cada día en el campo. Marivaux alterna lo cómico, lo burlesco, con mucha poesía y muchos detalles pintorescos en un relato que aparece elaborado, conscientemente, con mucha libertad y donde constantemente interviene el autor con la conciencia de ser el escritor que dialoga de cierta forma con su lector. Esto es la deuda más clara al Quijote.

Robert Challe, que aún no había escrito Les Illustres Françaises, – “le plus beau roman de la fin du règne de Louis XIV”, “la más hermosa novela del fin del reino de Luis XIV” como lo ha escrito de modo tan acertado Noémi Hepp –, es el otro gran novelista de aquella época que se interesó mucho por el Quijote. En 1678, otro editor más, el famoso Barbin se había lanzado en una nueva empresa : la publicación de una nueva traducción del Quijote, más acorde con la evolución reciente del idioma francés durante el reinado de Luis XIV. La había encargado a Filleau de Saint-Martin, erudito francés, hermano de Filleau de La Chaise, un jansenista relacionado con Pascal. Filleau de Saint-Martin emprendió el trabajo y tradujo el Quijote . Pero su editor, deseoso de vender más y más libros, fue probablemente el que le ordenó que no muriera Don Quijote al final del tomo IV de esta versión y además le encargó que redactara una Suite , lo que Filleau de Saint-Martin hizo. Después de una enfermedad grave, Don Quijote recupera la salud y la sabiduría y los campesinos de la Mancha le consideran como un sabio que les ayuda, proporcionándoles sus acertados consejos. Después, el Caballero de la Mancha reanuda con sus andanzas. Pero esta vez es Sancho el que se ha vuelto el héroe, que quiere agregarse al mundo de la caballería
Pero Filleau muere en 1694 sin concluir la tarea. Aquí aparece Robert Challe, que a su vez, pero sin que nadie lo sepa, acaba la Suite de Filleau, y agrega su propia Continuation. Esta Continuation de l’Histoire de l’admirable Don Quichotte de la Manche se publica por primera vez en 1713.

Cuando Robert Challe toma a su vez la pluma se puede considerar que la tarea representa para él un ejercicio de alta escuela : es indudablemente fiel a su modelo, al mismo tiempo que manifiesta una invención, una libertad, un regocijo cuyo modelo se lo proporcionó el mismo Cervantes.

Suma fidelidad, ya que muchos de los personajes de Cervantes reaparecen en la novela de Challe y desempeñan su debido papel en una rapsodia que en nada desmerece frente al modelo magistral. Pero es una fidelidad que incluye libertad e invención, porque las pláticas entre los familiares del duque suscitan, por ejemplo, una reflexión sobre el tema de la edad de oro , o sobre la autonomía que se le concede o se le niega a la mujer en la sociedad francesa y en la española. Hasta las charlas aparentemente ingenuas de los dos protagonistas, Don Quijote y Sancho, llevan a una irónica puesta en tela de juicio de la Biblia, ya sea que se trate de la historia de Adán y Eva o de la de Job ; a una demoledora crítica de los monjes, de las descaradas ambiciones de los obispos y arzobispos, y de las necedades del cura, tan sabio que no sabe lo que dice. Huelga decir que en el asunto sigue la tradición heredada de los “fabliaux” y de Rabelais, pero, lo que es aun mucho más importante, anuncia los ataques anticlericales de los filósofos del siglo XVIII, sobre todo Diderot y Voltaire.

Es además una fidelidad que incluye libertad e invención, porque, por ejemplo, tanto los juegos lingüísticos como el uso frecuente de los refranes, tan característicos de la prosa cervantina, se encuentran aprovechados y amplificados por todos los recursos de los proverbios y refranes franceses, a veces hasta en versiones nuevas y originales .
Aunque la obra de Challe se presenta como una traducción del español, el autor no olvida que se dirige a un público francés que le es contemporáneo, es decir de los años 1700.
Con motivo del desencanto de Dulcinea se danza un baile a la francesa sumamente desenfrenado, que multiplica apariciones de diablos y sátiros disfrazados, en medio de un espectáculo pirotécnico : no están lejos las óperas de Lulli o de Campra. Extraviado en este infernal jaleo, recibe el pobre Sancho una tremenda paliza, mientras los espectadores se ríen del que fue tan audaz como para soñar en llegar a ser un día caballero andante, igual que su amo. Aquí se nota que el Sancho de Challe es mucho más atrevido que su modelo cervantino y ya anuncia al Fígaro de Beaumarchais, aunque el castigo lo recibe porque la sociedad en la que Challe vive y su código social no permiten este tipo de evolución.

Desde hace más o menos 150 años se intenta volver, en las traducciones, al texto original de la novela de Cervantes, liberada, pulida – según los puristas – de sus adiciones barrocas. Sobra decir que este punto de vista resulta totalmente justificado, si sólo se considera el texto español. Pero si ahora se considera la posteridad de la novela, y su influencia sobre la literatura francesa, hay que reconocer que el personaje escapó a su creador y que se ha vuelto capaz de múltiples reencarnaciones , al mismo tiempo que Cervantes se volvía maestro prestigioso de discípulos que a su vez llegarían a ser grandes autores en su propia literatura. Menospreciar o ignorar la importancia de la tradición cervantina es negar la deuda de muchos autores al maestro español, deuda que les permitió luego librarse de esta herencia y encontrar su estilo personal . El juicio de Canavaggio, uno de los más recientes, se inscribe en esta lectura parcial originada por Maurice Bardon , pero que no comparte Ríus y Llosellas . Sin embargo, todas las ediciones francesas de la Histoire de l’admirable Don Quichotte de la Manche publicadas entre 1713 y 1830 incluyen una Suite y una Continuation de la obra cervantina. También en Alemania, es este texto mixto lo que pasó por la obra de Cervantes durante todo el siglo XVIII, ya que la traducción no se hizo del castellano sino del francés. Los personajes inventados por Filleau de Saint-Martin y Challe anduvieron por la imaginación de Rousseau, de Diderot o de Voltaire tanto como los de Cervantes. Los lectores de ese tiempo pudieron disfrutar de los disparates de Parafaragaramus y de las tonterías tan simpáticas del diablejo Molieros.

Mientras estaba redactando este artículo, me llegó de tierras hispánicas lejanas y cercanas a la vez este mensaje conmovedor de Jorge Saenz, profesor de Historia del Derecho en la Universidad de Costa Rica y autor de estudios sobre algunos libros de caballerìas españoles del siglo XVI : “Creo que por su nivel como escritor, Challe debería figurar en primera línea entre los continuadores de Cervantes y ser mucho más conocido por los hispanistas y los cervantistas. (…) Sigo pensando que Challe, a pesar de algunas cosas un poco chocantes (quiza producto del gusto de su época), es bastante más “cervantino” que otros continuadores del Quijote, como Avellaneda y Montalvo. Además, me agrada el respeto con que trata la figura de Don Quijote. El Sancho de Challe, en cambio, me parece más del estilo del bufonesco Sancho de Avellaneda.”
Quizás haya yo abierto así una ventanita más para los hispanistas sobre el mundo de Cervantes.

Jacques CORMIER