Celebrar el Quijote

Puente 121(2005)

Ya nos hemos metido de lleno en el año 2005, que es como decir que nos hemos topado por esos caminos, ventas y tierras de sembradura con la sombra cervantina de la triste figura de don Quijote, detrás de la que corren muchas gentes con algarabía y estrépito. Ningún ciudadano en España puede haber dejado de enterarse: el hidalgo manchego salió a enderezar entuertos hace justo cuatrocientos años, y hay que reconocer que por mucho menos que eso se montan grandes festejos por estos pagos.
Nos movemos al ritmo de los grandes eventos, de las conmemoraciones: las celebraciones faraónicas tienen aquí terreno abonado y así, desde la democracia, hemos vibrado con los mundiales de fútbol del 82, la Exposición del 92 en Sevilla, las olimpiadas de Barcelona, los años santos de Santiago de Compostela, y no sé cuantos magnos acontecimientos más, en los que todo el mundo se vuelca; la pregunta es si, una vez celebrado el correspondiente evento, todo vuelve de nuevo al olvido; si, apagadas las trompetas y clarines del festejo, alguien vuelve a acordarse del asunto festejado. Hace ya años decía Rosa Montero en una columna del periódico El País que los españoles rendíamos de modo extraordinario en las situaciones especiales, en las que nos volcábamos sin reserva; el problema era, según la periodista, que luego en las épocas en que se retoma el curso normal de la vida, nos relajábamos y no manteníamos el impulso.
Las señales de lo que se avecinaba ya se veían desde antes de que acabara el año 2004: las felicitaciones navideñas de los organismos oficiales, de las instituciones públicas, de las empresas que se preciaran de ser entidades sensibles en lo cultural, no podían menos que contener citas del Quijote como la siguiente, en que don Quijote aconseja a Sancho cómo gobernar la ínsula, o muchas otras, repetidas con los logotipos de las firmas u organismos que las emitían:
“Anda despacio; habla con reposo; pero no de manera que parezca que te escuchas a ti mismo; que toda afectación es mala. Come poco y cena más poco; que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago. Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra” (Don Quijote II, XLIII).

Encontrarse por doquier con abundantes citas del Quijote es claro que en absoluto resulta molesto, cómo podría serlo; pero cabe la duda de que sean las citas lo único que se tenga leído de la genial novela de Cervantes. No sorprende que las agendas que se han regalado este año como obsequio comercial a los clientes ofrezcan motivos y temas quijotescos; lo que sí choca un poco es que de ahí se pase a encontrar anuncios en la televisión en que nos invitan a comprar, por ejemplo, una vajilla cuya decoración está inspirada en el Quijote. O que los concursos de menos pretensiones culturales, de la amplia gama de variantes que se han propagado a partir del modelo Big Brother, también se sumen a los actos, y dejen ver a sus participantes, por ejemplo, ataviados al uso de don Quijote, Sancho, Dulcinea, etc. Este tipo de atuendos desde luego han proliferado en el reciente carnaval, en particular, como es lógico, en colegios e institutos.
Es más que obvio: el Quijote está de moda; es deseable, con todo, que no sea moda muy efímera, sino que cale. Eso pretendemos los docentes, y nos encontramos que, por suerte, nunca nos ha sido tan fácil que nuestros alumnos lean sin protestar esta novela (en versión adaptada, por supuesto; nuestros actuales alumnos de Enseñanza Secundaria Obligatoria difícilmente podrían abordar la lectura de otro modo). Este año nos han dado hecho el trabajo de persuadirles de la conveniencia de esta lectura: están más que enterados de que es el año Quijote, lo dice la tele, así que es un año en que inicialmente están predispuestos a favor, cosa a la que nos estábamos muy acostumbrados en la docencia.
Así que, bien mirado, quizá no está tan mal lo de celebrar a bombo y platillo el centenario del Quijote; con todos sus excesos y montajes grandilocuentes, gracias a este boom, nuestros alumnos lo están leyendo con gusto. Eso sí, por todos lados se menciona la novela, a todo se le da una pátina quijotesca. Nunca como ahora los alumnos –de primaria y de secundaria- han tenido la oportunidad de participar en buen número de concursos sobre estos temas, del tipo: Dibuja una escena del Quijote y explícasela a un invidente; o de realizar excursiones por las Rutas del Quijote. Es de esperar que esta inmersión en el mundo del Quijote deje su poso en nuestros jóvenes alumnos españoles, que tan mal parados han salido recientemente en un conocido informe internacional sobre los niveles de lectura, comprensión y expresión, en el los alumnos españoles ocupaban el puesto veintiséis.
Con riesgo a equivocarme, me atrevería a decir que serán más los beneficios que los perjucios del año Quijote, aún a costa de que con ese pretexto se haya creado una comisión interministerial muy bien dotada de presupuesto, esperemos que bien empleado; o de que se convierta en un machaque continuado de refencias insustanciales y livianas a la novela. O pero aún: que les sirva a los políticos para proyectar la imagen de consumados lectores, sin serlo.
En suma, todo este monumental aparato de los festejos debía acomodarse a los mismos fines que guiaban a nuestro personaje:
“Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno: si el que esto entiende, si el que esto obra, si el que desto trata merece ser llamado bobo, díganlo vuestras grandezas” (Don Quijote II,XXXII).

Heraclia CASTELLÓN ALCALÁ
Profesora de Educación Secundaria – Almería