Almudena Grandes, El corazón helado

Almudena Grandes, El corazón helado
Tusquets, Colección Andanzas, 2007, 936 págs.

Una de las dos Españas ha de helarte el corazón. Esos versos de Antonio Machado encabezan y dan título a esta última novela de la autora de Las edades de Lulú, Malena es un nombre de tango y Los aires difíciles

A pesar de tener casi mil páginas, contar con más de treinta protagonistas repartidos en tres generaciones sin respetar el orden cronológico y, por lo tanto, ser una novela que exige una gran atención por parte del lector, El corazón helado tuvo – y sigue teniendo – un enorme éxito en España y ya ha sido traducida al francés.
Empieza al modo de una escena de cine : en marzo de 2005, en el cementerio de un pueblo en el que una familia presencia la inhumación de Julio Carrión, un importante empresario de inversiones inmobiliarias. Aparece una mujer desconocida que se queda a distancia y desaparece antes de que se acabe la ceremonia. Sólo Álvaro, el hijo menor del difunto, que no se parece a sus hermanos y que también se mantenía un poco alejado del resto de la familia, advierte la presencia de aquella mujer.
Un mes más tarde, llega una carta de un banco sobre unos fondos que el padre había depositado. La viuda del empresario encarga a Álvaro que aclare el asunto. Cuando se presenta en la agencia, la persona que lo acoge no es otra que la mujer del cementerio de la que Álvaro se va a enamorar locamente.
Así resumido el principio de la novela, se podría imaginar que va se a tratar de una novela sosa y rosa que cuenta una historia de amor con todos los ingredientes del folletín, incluso con el encuentro casual en Madrid con la mujer entrevistada en un pueblo de provincia. Si añadimos que Raquel, es el nombre de la mujer, fue la amante del padre de Álvaro … Sin embargo, el lector atento ya habrá olfateado ciertos indicios que indican que esta historia de amor esconde otras historias no tan amenas y que lo de la carta del banco no era mera casualidad. « La presencia de una mujer desconocida en el entierrro de mi padre no era un error, una equivocación ni una confusión de ningún tipo. » (pág..60)
En realidad, Raquel es la nieta de un republicano de familia acomodada, Ignacio Fernández Muñoz, primo lejano de los Carrión, que emigró a Francia a finales de la guerra, abandonando todos sus bienes en España y que, por lo tanto, tuvo que volver a empezar desde cero.
En cuanto al padre de Álvaro, ex combatiente en la División Azul, hizo fortuna en el entorno franquista.
La historia de los Fernández Muñoz o, mejor dicho, las historias que se desarrollan en torno a esa familia están contadas en tercera persona mientras que la de los amores entre Raquel y Álvaro está narrada en primera persona por Álvaro mismo, el cual, por medio de las revelaciones que le hace Raquel, va a descubrir paulatinamente los secretos de la familia y la verdadera personalidad de un padre admirado por sus hijos y respetado por sus empleados.
Sus secretos, sus silencios, sus mentiras y sus miedos.
Los exiliados viven entre sí nutriéndose de recuerdos, pensando en los que se quedaron en el país, en los fusilados, en los encarcelados, en los desaparecidos y soñando, a menudo con miedo, con un porvenir incierto.
En estas páginas se nos cuentan las historias de cada uno de ellos, la retirada, los campos de concentración franceses, el recelo de los vecinos, el miedo a las denuncias,… también los momentos felices como las fiestas de Navidad, las fiestas de L’Humanité, los fines de semana entre amigos y la gran fiesta a la muerte de Franco.
Raquel nació en Francia en una familia y en un entorno de exiliados. Su familia volvió a España en 1976. Siente admiración y cariño por su abuelo Ignacio, con quien comparte una gran complicidad y algunos pequeños secretos -como esa carpeta que él le enseñó cuando era aún una niña sin decirle lo que contenía, lo que va a aguijonear su curiosidad-, los paseos con él por Madrid… En uno de esos paseos van a visitar, a escondidas de la abuela, a unos familiares ; mientras el abuelo, que lleva consigo la carpeta, habla con ellos, Raquel juega con los niños de la casa. Raquel siempre se acordará de aquel día en que vio llorar a su abuelo. Más tarde se enterará de que esos niños eran Álvaro y sus hermanos.
En cuanto a Álvaro, y a raíz de su relación con Raquel y de la muerte de su padre, antiguo amante de Raquel, va a investigar el pasado de éste. Entre los papeles encuentra dos carnés, ambos emitidos en Madrid, en 1937 y en 1941 respectivamente, el primero es de la Juventud Socialista Unificada y el segundo de Falange Española Tradicionalista y de las JONS. Alistado en la Divisón Azul y, como consecuencia de la derrota de los alemanes y al imaginar la posibilidad de que Hitler perdiera la guerra y de que los aliados pudieran ajustar las cuentas con Franco, no regresó directamente a España y se detuvo unos meses en París, en donde, en calidad de socialista, fue acogido y ayudado por los exiliados, entre ellos por la familia de Ignacio. Al enterarse de que Franco podía seguir como si nada en España, decide volver, alegando su pasado de falangista y con el apoyo de la embajada de España.
En resumidas cuentas, el padre tan querido y tan admirado hasta entonces por Álvaro y sus hermanos no era más que un chaquetero de primera sin escrúpulos, que no vaciló en espoliar los bienes de los Fernández Muñoz para apropiarse de ellos, ni en mentir a sus hijos contándoles que su abuela, Teresa, una mujer de carácter, acérrima republicana, feminista y propagandista socialista que abandonó a su marido, un hombre de poca consistencia – un meapilas y un « calzonazos » como el mismo Julio Carrión calificaba a su padre – murió de tuberculosis en 1937, aunque sabía muy bien que murió en una cárcel franquista en 1941. Al descubrir todo lo que se le había ocultado, al descubrir que Raquel también le había mentido, Álvaro se siente desamparado y se pelea con sus hermanos, que representan cada uno una actitud de la sociedad española de la transición : al uno el pasado le tiene sin cuidado, el otro es un fascista que no quiere saber, en cuanto a sus hermanas, no quieren saber, la una por evitar problemas y la otra por tener miedo a cuestionarse. El colmo de su desamparo será el silencio de su madre «…no sé cómo pudiste casarte con el hombre que os había echado a la calle  Te casaste con él, te enamoraste de él sabiendo lo que sabías y fuisteis felices como perdices,… » (pág. 914), que sólo le responde : ¿ Sabes una cosa, Álvaro ?  Deberías cortarte el pelo. (pág. 916)
Según se va avanzando en la novela, aparece en trasfondo el tema del miedo : el miedo al porvenir de los que no olvidaron, como Anita Salgado : « Habían pasado casi treinta años para los relojes, para los historiadores, para las hemerotecas, para su madre no. » (pág. 607).
El miedo a saber : « Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios. Ni Dios ni amo. Ni siquiera el derecho a saber quién eres tú, porque para vivir aquí, lo mejor es no saber nada, incluso no entenderlo, dejarlo todo como está.  Guárdate tú solo de las preguntas, de las respuestas y de sus razones, o una de las dos Españas te helará el corazón. » (pág.746)
El miedo al pasado, como el de Julio Carrión : « …el día que tu abuelo apareció por su casa la de Julio Carrión  pues se asustó, claro, porque era como un fantasma del pasado, porque de repente todo se había acabado, porque Franco se había muerto, porque les exiliados estaban volviendo, porque los presos políticos salían de las cárceles… » ( pág. 864).
En torno a los protagonistas principales giran personajes secundarios no desprovistos de densidad. Como Paloma, viuda a los veinte años de un marido fusilado después de haber sido entregado por una prima suya, la suegra de Julio Carrión ; como el abuelo Ignacio, humillado y engañado por Julio Carrión, quien, hasta el final de su vida, tendrá un sentimiento de culpabilidad ; como la abuela Teresa, la madre oculta de Julio Carrión, a quien Álvaro echa de menos no haber conocido ; como Eugenio Sánchez Delgado, un falangista idealista y probo, admirado incluso por Julio Carrión, su antítesis : « … si hubo una persona honrada en este país fue Eugenio Sánchez Delgado. Si hubo alguien que pudiera trepar y no trepó, que pudiera robar y no robó, que pudiera denunciar y no denunció, que creyera de verdad en lo que hacía, ése fue Eugenio. » (págs. 287-288) ; como Pancho Serrano, ese campesino comunista que se alistó en la División Azul con el único objetivo de reunirse con los compañeros rusos ; como Casilda, la viuda de Mateo, que tuvo que resignarse a volver a casarse para sobrevivir y criar a su hijo, lo que no le impide, todos los meses, al igual que otras mujeres, poner flores delante de la pared del cementerio en que su marido fue fusilado ; como Mai, la esposa de Álvaro, que acepta con dolor y dignidad la actitud de su marido,
Y Álvaro concluye : « …la mía no era más que una historia, una de muchas, tantas y tan parecidas, historias grandes o pequeñas, historias tristes, feas, sucias, que de entrada siempre parecen mentira y al final siempre han sido verdad.
Sólo una historia española, de esas que lo echan todo a perder. » (pág. 919)

Y, al fin y al cabo, es la estratagema de la relación amorosa entre Álvaro y Raquel la que permite la emergencia de un pasado muy sucio, cuyas consecuencias no dejan a nadie ileso, ni siquiera a Raquel, atrapada en su propia ratonera.

A pesar de ser una obra de ficción, numerosos episodios y personajes están inspirados por hechos reales, como advierte la autora en una nota final. Mencionemos el episodio de los pozos de Arucas en que los franquistas tiraron y sepultaron en vida a unos setenta socialistas, el episodio de las mujeres que depositan flores delante de la tapia del cementerio, los espolios, legalizados por la Ley de Responsabilidades Políticas del 9 de febrero de 1939, el episodio en que Pancho Serrano abandona las filas de la División Azul para reunirse con los comunistas, el personaje de Eugenio Sánchez Delgado, inspirado por Luis Felipe Vivanco quien, falangista por ideal, rehusó hacerse demócrata de la noche a la mañana como lo hicieron muchos de sus correligionarios.

En resumen, es una novela extensa, por supuesto, a veces difícil, pero es una gran novela, densa, rica, bien escrita, que se adscribe al movimiento del deber de memoria y que, a los lectores extranjeros que somos, nos permite entender mejor el silencio que rodeaba los sucesos de la guerra y de la posguerra que dividieron – y siguen dividiendo – a muchas familias españolas : « Para vivir aquí, hay cosas que es mejor no saber, incluso no entender » (pág. 746). Con o sin razón, Raquel empuja a Álvaro romper ese silencio. El lector elegirá.

Rodolphe STEMBERT