De algunos autores peruanos

Puente 127(2007)

MARIO VARGAS LLOSA, Mario, Travesuras de la niña mala, Santillana, Lima, 2006 , 375 pgs.

Ya no se presenta a Mario Vargas Llosa. Travesuras de la niña mala, su última novela, si no es una gran novela, sí que es una novela entretenida como lo eran La tía Julia y el escribidor o Pantaleón y las visitadoras, una novela cuya única pretensión es divertir al lector. Y, desde este punto de vista, es un éxito.
Se desarrolla en un espacio de tiempo que abarca un poco menos de cuarenta años y en espacios geográficos muy variados, Lima, París, Londres, Tokio y Madrid, enlazados por la presencia intermitente de la niña mala.
Es la historia de una educación sentimental (Vargas Llosa tiene una gran admiración por Flaubert), una historia de amor loco y totalmente inverosímil, tratada a la manera de los folletines, con reapariciones tan imprevistas como imprevisibles de la niña mala, en las distintas ciudades, historia contada por el narrador, Ricardo Somocurcio, el enamorado obsesionado por un amor único e imposible.
Travesuras de la niña mala es también una mirada hacia atrás, a veces nostálgica, y siempre anecdótica, sobre los acontecimientos sociopolíticos y culturales de la segunda mitad del siglo XX. Y, por fin, es también una historia salpicada de pequeñas dosis de erotismo.
Todo empieza en Lima o mejor dicho en Miraflores, el barrio rico de la capital peruana, el verano de 1950. El narrador, que en aquel tiempo tenía quince años, y su pandilla de amigos encuentran a dos chicas presuntamente chilenas, Lily y Lucy. Ricardo se enamora de la que se llama Lily, la cual no tiene nada de chilena. Descubierto el engaño, las falsas chilenas desparecen y Ricardo sueña con vivir en París.
En el capítulo siguiente, y diez años más tarde, Ricardo ha realizado su sueño ; vive en París, en una buhardilla, la mayoría de las veces apurado de dinero, arreglándoselas con pequeños trabajos. Es el París de Jean-Paul Sartre, del Teatro Nacional Popular, del asesinato de ben Barka,… Es la época del auge de la revolución cubana y Ricardo va a resultar involucrado en los movimientos de una fauna latinoamericana muy variada, muy simpática, pero, a la vez, muy excéntrica. Les echa una mano ayudándoles en los trajines logísticos consistentes en encontrar alojamientos y yendo a recoger a Orly a los aprendices de revolucionarios que habían recibido una beca de Cuba para ir a entrenarse en la práctica de las armas y en las tácticas guerrilleras en la isla de Fidel Castro. Es así como, un día, se encuentra con la llamada « Camarada Arlette », nombre de guerra de una chica que no es otra que la seudo-chilena de Miraflores. Ahora, se ha inventado un pasado militante, pero Ricardo se entera muy pronto de que la política le importa un comino ; lo que quiere es quedarse en París y encontrar a alguien rico que la mantenga. Quiera que no, tendrá que conformarse con ir a Cuba, de donde volverá casada con un alto funcionario de la UNESCO, llamado Robert Arnoux (otro guiño a Flaubert). Entretanto, Ricardo ha encontrado un puesto de traductor, lo que le permite viajar mucho y, por lo tanto, dar más verosimilitud a la novela. En este capítulo, Varga Llosa pone en escena con mucho humor, un humor a menudo amargo, el mundo de los intelectuales hispanoamericanos que sueñan con hacer la revolución en los bistrots de la Rive gauche y que, cuando pasan a la acción, fracasan y desparecen trágicamente como será el caso de algunos de sus amigos caìdos bajo las balas del ejército peruano, cuando combatían en las filas del movimiento Túpac Amaru.
En el tercer capítulo, el narrador nos lleva a Londres, que ha sustituido a París como ciudad de modas : « Como antes a París a hacer la revolución, muchos latinoamericanos emigraron a Londres en las huestes del cannabis, la música pop y la vida promiscua » (p. 93). Ricardo ha saltado de traductor a intérprete y ha encontrado, por casualidad, a un amigo de infancia convertido en hippy, cuya vida en Londres es un verdadero tema de novela que el narrador nos cuenta. Entre otras cosas, este amigo ha sido contratado como retratista de caballos en Newmarket, lugar que frecuenta la flor y la nata de la fauna equina, entre ellos, un riquísimo hombre de negocios, David Richardson, casado con una mujer de origen mexicano que, claro, es la niña mala : ex Lily, ex revolucionaria y ex Madame Arnoux. Muerto su amigo del sida y abandonado una vez más por la niña mala, Ricardo vuelve a París y se carga de trabajo. Al final del capítulo, recibirá una llamada de la niña mala aterrorizada y arruinada que le anuncia que está divorciándose de David Richardson, el cual se había enterado de que su mujer era bígama.
En el capítulo siguiente, Ricardo traba amistad con Salomón Toledano, un hombre muy raro que se jactaba de conocer doce lenguas, por lo cual lo apodaron « El trujumán » y que trabajaba de free lance. Desde Japón, en donde estaba contratado, Salomón Toledano envía a Ricardo una carta en la que le cuenta sus amores con una japonesa y que termina con una lacónica posdata : « Saludos de la niña mala » Ricardo no necesita más para remover Roma con Santiago. Consigue una conferencia en Seúl, a poca distancia de Tokio, según las necesidades de la novela. Allá, la niña mala se llama Kiruko y es la amante – o ¿la puta ? – de Fukuda, traficante de colmillos de elefante y cuernos de rinoceronte, erotómano y mirón.
En el capítulo V, Ricardo lleva su vida rutinaria en París ; ha trabado amistad con sus vecinos, un matrimonio simpático que ha adoptado a Yilal, un niño vietnamita. Yilal era mudo, secuelas de un trauma de su infancia en la guerra. La vida sigue su curso, cuando Ricardo recibe una llamada de la niña mala. Está en muy mal estado por, según le cuenta, los supuestos malos tratos (palizas, violaciones, humillaciones,….) padecidos a manos de los policías nigerianos, durante un supuesto encarcelamiento en Lagos. Ricardo va a acogerla y dedicarse a su curación ; llegará a endeudarse para pagar los gastos de hospital… La niña mala siente cariño por el hijo de los vecinos, que va a salir paulatinamente de su mutismo. Lo que no le impide dejar plantado a Ricardo,a punto de suicidarse. Sin embargo, y sin avisar, como siempre, volverá y se casará con Ricardo.
En el penúltimo capítulo, estamos otra vez en Lima, a donde Ricardo ha viajado para saludar a su tío, que había estado a punto de morir. Es la época del Sendero luminoso. Durante esta estancia, va a conocer a un hombre muy raro (uno más), un tal Arquímedes, constructor de rompeolas, que se revelará, ¿por qué no ? ser el padre de la la niña mala. En repetidas ocasiones intentará llamarla, sin éxito. Cuando regresa a París, otro efecto teatral insólito : la niña mala lo está esperando y todo parece ir estupendamente ; hasta el teléfono vuelve a funcionar.
Han pasado algunos años cuando empieza el último capítulo. Ahora, Ricardo, que tiene 54 o 55 años, vive en Madrid, en el barrio de Lavapiés, un barrio bullicioso de Madrid en donde conviven los inmigrantes con los artistas de vanguardia. Vive miserablement de sus trabajos de traducción de autores rusos y comparte su vida con Marcella, una decoradora de teatro a quien saca veinte años, cuando la niña mala aparece de nuevo en la vida de Ricardo, en el momento menos esperado. Quiere pasar los últimos días que le quedan por vivir, que no son muchos, con Ricardo, con el fin que…cuente su historia : « Ahora que te vas a quedar solo, confiesa que te he dado tema para una novela” » (p. 375), únicas palabras que expresan algo sincero a pesar de estar dichas en un tono irónico y que confieren al epílogo un tinte agridulce.
Pues bien, la novela se lee de un tirón no sólo porque el lector esté cautivado por las aventuras de la camaleónica niña mala – a partir del segundo capítulo ya está enterado que sus reapariciones serán previsibles, no sus aventuras – sino también porque los personajes secundarios no carecen de interés. Tienen densidad y cada capítulo podría ser una historia autónoma, un cuento independiente, con sus protagonistas, si no funcionaran como intermediarios fortuitos que permiten a Ricardo dar con la niña mala y, así, responder a las espectativas del lector. Hay Paúl, el simpático militante del MIR que cayó en Mesa Pelada, responsable del episodio cubano de la niña mala e, indirectamente de su encuentro con el Sr. Arnoux ; hay Juan Barreto, el hippy – y de la inefable Mrs Stubard – que introducirá a Ricardo en el mundo de las carreras hípicas del Sr. Richardson ; hay el trujimán, Salómon Toledano que, de Japón, le mandará noticias de la niña mala ; hay el matrimonio de los Gravosky e Yihal, su hijo adoptado mudo que van a tomar cariño, a sus expensas, por la niña mala ; hay el tío Ataúlfo que pone a Ricardo en contacto con Arquímedo, el padre de niña mala y, por fin, hay Marcella, la decoradora de teatro que aprovechará el regreso de la niña mala para abandonar a Ricardo. Como lo escribíamos más arriba, todos esos personajes tienen densidad, tienen una historia, un papel que no se reduce a dar relieve a los dos protagonistas principales ; tres de ellos Paúl, Juan Barreto y Salómon Toledano tendrán un final trágico ; es de suponer que Varga Llosa haya conocido a unos de aquellos personajes (Hay rasgos autobiográficos evidentes en lo que cuenta de la adolescencia de Ricardo en el barrio de Miraflores o de sus estancias en París y Londres). En pocas palabras, esos personajes actúan de contrapunto al aspecto folletinesco de la novela, confiriéndole más peso de lo que pueda parecer.

Alonso CUETO, La hora azul, Anagrama/Peisa, Lima, 2006, 304 pgs.

Alonso Cueto nació en Lima en 1954. Es el autor de una quincena de libros (cuentos y novelas). Entre ellos destaquemos las novelas, Demonio del mediodía, Peisa/ Arango, Grandes miradas, Anagrama, 2005, El vuelo de la ceniza, Apoyo, 1995, una novela policiaca y los libros de cuentos, Amores de invierno, Apoyo, 1993, y La batalla del pasado, Apoyo, 1996.
La hora azul, su última novela, y tal vez la mejor, fue galardonada con el premio Herralde de novela en 2005.
Un brillante abogado de Lima lleva una vida llena de éxitos tanto en el terreno profesional como en el plano familiar : es un conocido abogado y está casado con una mujer agradable y cariñosa con la cual tuvo dos hijas, ambas guapas e inteligentes, que califica de « adorables » Organiza cenas y recepciones a las cuales acude la flor y nata de Lima, abogados famosos y hasta políticos importantes.
Fue criado por su madre, una mujer de gusto delicado, divorciada de un capitán del ejercito, siempre discreta sobre los acontecimientos penosos de su pasado. Educó a sus dos hijos en el respeto de un padre al que vieron escasamente y que, cuando empieza la historia, ya hacía años que estaba muerto.
La muerte de su madre y el reencuentro con su hermano, que vive en EEUU, despiertan en él el deseo de saber más de sus padres. En esa ocasión, recuerda que la víspera de la muerte de su padre, cuando fue a verle al hospital militar, éste le pidió, como última voluntad, que buscara a una chica que conoció cuando la guerra contra el Sendero luminoso. Ni en aquel momento ni en los años siguientes había dado ninguna importancia a esas palabras, atribuyéndolas al delirio de un hombre a punto de morir.
Obsesionado por aquella revelación y por la imagen de su padre descrita por su hermano -imagen que no coincide con la suya-, decide buscar a la chica. La novela es la relación de sus investigaciones, contadas en primera persona, bajo el seudónimo de un tal Adrián Ormache.
El tema hubiera podido dar lugar a una novela cualquiera, cursi, melodramática, con el héroe que acaba enamorándose de la antigua amante de su padre y descubriendo a un hermano desconocido en la apoteosis de un final feliz. No es el caso en absoluto.
La búsqueda, que empieza como una novela policiaca, va a revelarse llena de dificultades, de trampas, de chantaje y de falsas pistas que tienen al lector en vilo, un suspense que se mantendrá hasta el final, un final que, además, quedará abierto.
Paulatinamente, el narrador descubrirá el papel desempeñado por su padre durante la guerra, un papel sucio, como jefe de un cuartel en Ayacucho donde el recurso a la violencia, a la tortura y al asesinato era moneda corriente tanto por parte del ejército como por parte de Sendero luminoso. Durante aquel periodo su padre se enamoró de una prisionera llamada Miriam, que logró escapar.
Aquella búsqueda, que se parece a un verdadero descenso a los infiernos, lleva al narrador a mundos muy ajenos al suyo, al mundo pobre y herido del campo ayacuchano, que sigue viviendo con las secuelas de la guerra, al mundo de los suburbios de Lima, donde se hacinan los refugiados de los años de la guerra ; al mismo tiempo, lo lleva a un viaje interior del cual no saldrá indemne.
Cuando, por fin, encontra a Miriam, siente por ella una especie de fascinación que lo llevará a establecer con ella una relación compleja, compuesta por una mezcla de curiosidad, de compasión, de culpabilidad y de amistad ambigua. La imagen que Miriam le ofrece de su padre resulta más matizada de la que le había transmitido su madre y de la que él se había imaginado después de las revelaciones que le hicieron los tenientes que estaban con su padre en Ayacucho. Tampoco había sido Miriam una prisonera esclava sexual del comandante Ormache ; mantuvo con éste una relación también ambigua, hecha de odio y de amor, parecida al síndrome de Estocolmo, algo parecido a la relación que tendrá con Adrián. Miriam tiene un hijo que constituye otro enigma. En vano Adrián intentará saber si Miguel es el hijo de su padre y, desde luego, si es su hermano.
En pocas palabras, La hora azul es una novela bien estructurada, llena de suspense, con una escritura nerviosa y un estupendo manejo de los diálogos que reflejan las condiciones sociales de los protagonistas, con parcas intervenciones verbales de Myriam, abundantes y llenas de palabrotas por parte de Rubén, el hermano de Adrián, plagadas de obscenidades cuando intervienen los militares.
Hay que añadir que La hora azul tiene su punto de partida en hechos reales contados por el periodista Ricardo Uceda en Muerte en el Pentagonito. Los cementerios secretos del Ejército Peruano, editado por Planeta. El autor menciona en un epígrafe : « Una joven detenida, menor de edad, había sido convencida para pasar la noche en la habitación de un alto oficial de Los Cabitos.(…) La madrugada del 3 de marzo, la detenida escapó ».

Daniel ALARCÓN, Guerra a la luz de las velas, Alfaguara, Lima, 2006, 270 pgs.

Daniel Alarcón nació en Lima en 1977, pero reside en los Estados Unidos desde muy pequeño. Guerra a la luz de las velas fue publicada originalmente en inglés, con el título War by candle light en 2004 y traducido al español primero con el título Guerra en la penumbra, New-York, Rayo, 2005, y reeditado en 2006 por el grupo Santillana.
Se trata de un libro que reúne once cuentos cuyos escenarios están situados, unos en EEUU, otros, los mejores a mi juicio, en el Perú. Los protagonistas tienen en común una vida mediocre, consecuencia de la pobreza, de la guerra o de desastres naturales, exiliados o marginales en su propio país.
Óscar, el periodista narrador de Ciudad de payasos, el cuento más largo, recorre la ciudad de Lima vestido de payaso para escribir un artículo sobre los que tienen que ejercer ese « oficio » para conseguir unos soles. Mientras hace ese reportaje, evoca el recuerdo de su padre, que acaba de morir, un campesino andino que vino a Lima para criar decentemente a su familia no sin recurrir a actividades delictivas, actividades en las cuales, a veces, tomaba parte el joven Óscar.
El visitante es un cuento conmovedor situado después del terrible terremoto de 1970 que hizo miles de víctimas, entre ellas los 30.000 muertos del pueblo de Yungay, tragado por un desprendimiento de tierras. Al visitante que pregunta a Efraín, uno de los escasos supervivientes « ¿Cuántas personas perdiste aquí, amigo ?, éste contesta señalando una cruz « Sólo una ». Tragicómico en ese cuento es el episodio en que Efraín ofrece al visitante una corbata anaranjada que formaba parte de los donativos (¡también había ropa de baño !) mandados por gobiernos europeos a los damnificados.
En otros cuentos como Lima, Perú, 28 de julio 1979 y Guerra a la luz de las vela, militantes de movimientos subversivos evocan recuerdos de su militancia o de cómo entraron en ella.
La gran cualidad de los cuentos de Alarcón reside en la economía de recursos. No necesita largas descripciones para mostrar la pobreza y el desamparo de la gente ni explicaciones para evocar el contexto político. Basta con una pequeña pincelada, como cuando el narrador de Lima, Perú, 28 de julio 1979 dice : « No he vuelto a pintar desde aquella noche de los perros. Ni una pincelada de negro o rojo, sobre animal ni lienzo. Y no volveré a pintar jamás » (pg. 111). Tampoco hay maniqueísmo, véase por ejemplo, el episodio del gesto del policía del mismo cuento, que salvó la vida del narrador, actitud que le costará la suya propia. Tampoco describe la guerra con tintes de heroísmo : «…un soldado asustado dispara ; un rebelde aterrado responde y así empieza un tiroteo » (pg.164) o, un poco más lejos : « La guerra  se había limitado a caminar en círculos por la selva, sufriendo por el hambre y quitándose bichos de la piel cada mañana. Intentando mantenerse seco. Rezando para que no lo encontraran ». (Pgs. 165-166). Un primer libro lleno de promesas.

Rodplphe STEMBERT