Gabo y Mercedes: una despedida de Rodrigo García

Puente 181 (septiembre 2021)

Gabo y Mercedes: una despedida de Rodrigo García, Literatura Random House, 2021.

El 17 de mayo de 2014 murió Gabriel García Márquez. Ya anciano y enfermo, en el mismo mes de marzo, cayó resfriado. “De esta no salimos” le dijo Mercedes Bacha, su esposa desde hacía más de 50 años, a Rodrigo, el hijo de ambos.

Rodrigo García, director de fotografía reconocido en Hollywood, es el autor de este libro breve (104 p.), crónica íntima y honesta de los últimos días de su padre.

El texto se ve entreverado con citas del Premio Nobel, así como de fotografías desconocidas. A lo largo de sus 32 cortos capítulos, el lector es testigo del lento deterioro humano hacia el destino ineluctable de la muerte. Esta es la cronología de “una muerte anunciada” ya que desde hacía algunos años el cerebro de Gabo sufría…

P. 18

La memoria se le esfumaba” confesaba. Pedía ayuda con insistencia.

P. 19

Decía: “Trabajo con mi memoria. La memoria es mi herramienta y mi materia prima. No puedo trabajar sin ella, ayúdenme”.

Sentía ansiedad, tristeza (lloraba, pero sin lágrimas) pero su legendario sentido del humor le permitía salir adelante. “Estoy perdiendo la memoria, pero por suerte se me olvida que la estoy perdiendo”.

Estas reflexiones suyas nos llevan a un segundo eje de lectura: el que nos permita estudiar humanamente quién fue, cómo fue Gabo. Una de sus mayores cualidades era su atención hacia sus amigos, sin límites. De naturaleza sociable, vital y expansivo, era, sin embargo, según su hijo, una persona bastante discreta, incluso introvertida.

P. 31

Hombre público, siempre sospechó de la fama y el éxito literario”.

Otro aspecto de su carácter era su ingenuidad, su capacidad para no olvidar su infancia, su continua tendencia a maravillarse.

P. 29

Nada interesante me ha pasado después de los ocho años”.

P. 47

“¿De dónde carajos salió todo esto?” (cuando releyó sus libros como si los leyera por primera vez).

Rodrigo escribe sobre su padre y, por supuesto, nos invita a compartir algunas conversaciones entre ambos. Descubrimos los consejos y las enseñanzas que le dio su padre a lo largo de su vida.

P. 100- Rodrigo confiesa:

“Mis sentimientos por mi padre, aunque amorosos, fueron más complejos, debido a que su fama y talento lo convirtieron en varias personas diferentes que tuve que esforzarme por integrar en una sola, rebotando siempre de un lado a otro entre emociones encontradas”.

De ahí probablemente la necesidad de hacer su propio camino lejos de la esfera de influencia del éxito de su padre y y su decisión de vivir y trabajar en Los Angeles y en inglés.

Una despedida” es el título de este libro, pero claro, no se trata de despedirse de un padre hasta el próximo encuentro. Aquí se evoca la despedida final y como lo subraya Rodrigo “La muerte no es un suceso al que se pueda uno acostumbrar” (p.57).

A la muerte nadie escapa. Al contrario de la vida que “sigue siendo misericordiosamente impredecible” (p.40), “la muerte, cuando ronda así de cerca rara vez decepciona”. (p.40)

Gabriel García Márquez sabía que esta vez iba a morir, que era inevitable, pero a pesar de todo inaceptable. Al igual que muchos escritores, Gabo estaba obsesionado con la pérdida y con su máxima manifestación, la muerte. Si pudo “salvarse” de ello, fue gracias a las ficciones que imaginớ y también gracias a su increíble sentido del humor. Prueba de ello, evocando las muertes de estos hombres de su misma edad, le dio por decir:” se está muriendo mucha gente que antes no se moría” (p.30). Se divertía entonces con la risa que provocaba.

Para concluir, cómo no aludir a la sorprendente presencia de lo mágico en la vida de Gabo, como en la de los protagonistas de sus historias. Poco después de que la noticia de la muerte de Gabo se divulgue, su secretaria recibió un correo electrónico de una amiga que quería saber si se habían dado cuenta de unas coincidencias extrañas entre la muerte de Gabo y la de Úrsula Iguarán (Cien años de soledad). Ambos murieron un Jueves Santo y en el sofá que solía ocupar Gabo, un ave murió poco antes aquel mismo día. Suceso idéntico a un pasaje que le ocurría a Úrsula Iguarán en Cien años de soledad.

El realismo mágico existe, no solo en literatura sino en la misma existencia.

P. 64

Amaneció muerta el jueves santo. […] La enterraron en una cajita que era apenas más grande que la canastilla en que fue llevado Aureliano, y muy poca gente asistió al entierro, en parte porque no eran muchos quienes se acordaban de ella, y en parte porque ese mediodía hubo tanto calor que los pájaros desorientados se estrellaban como perdigones contra las paredes y rompían las mallas metálicas de las ventanas para morirse en los dormitorios.

Cien años de soledad

Martine Melebeck