Niños de la guerra

Puente 125(2005)

El Instituto Superior de Traductores e Intérpretes de Bruselas (ISTI) siempre ha sido para mí, desde mi ya lejana llegada a Bélgica, un lugar privilegiado de encuentros, marcados siempre por valores humanistas (y humanos) del mayor interés lingüístico, histórico, literario y político. El último de ellos, organizado por la profesora de Lengua y Literatura Jacqueline Libois, estuvo marcado por un sello profundamente emotivo: la presencia de los Niños de la Guerra belgas y la comunicación que se estableció durante varias horas entre ellos y los estudiantes del Instituto.

El miércoles 22 de marzo, con una radiante primavera recién estrenada, tocada por la varita mágica del anuncio de la tregua permanente de ETA, los locales de la Rue Joseph Hazard se llenaron de grupos intercambiables y mutantes, en los que muchachos y muchachas de diferentes países pudieron acercarse, yendo de mesa en mesa, a una quincena de ancianos, muchos de ellos aún en plena capacidad intelectual, algunos en silla de ruedas, otros mencionando a los que van desapareciendo, unos silenciosos, los más, locuaces, pero todos felices de poder desgranar, ante un público tan cautivado y receptivo, el sacrificio de sus vidas a una guerra fratricida que los privó de su identidad, de su familia y de su infancia.
Era conmovedor observar la atención extrema de los estudiantes, sus ojos brillantes de emoción, su sorpresa ante la verdad que iban descubriendo, su admiración ante estos hombres y mujeres marcados por la edad, encanecidos, deteriorados, rotos, pero rodeados de un halo de dignidad casi palpable.

Y saltaban las preguntas, espontáneas y como temerosas:
– ¿Y qué le dijo su madre al despedirse de usted?
– ¿Y cuando llegaron a Francia, cómo se entendían con la gente?
– ¿Cuándo se dieron cuenta de que nunca volverían a España?
– ¿A qué les costó más acostumbrarse?

Me imagino que, a estas alturas, pocos de los que leen estas líneas ignorarán que, en 1937, unos 40.000 menores, de 5 a 14 años, salieron de España hacia la URSS y otros países de Europa (Bélgica (5.000), Francia, Inglaterra, Suiza y Dinamarca) y América (México, Chile y Cuba esencialmente), enviados por sus padres republicanos, para evitar los bombardeos y el horror de la guerra civil. Eran “personitas” que sufrieron episodios gravísimos de desarraigo y desafecto. Siempre distintos en todos lados, “…Para los rusos, toda la vida fuimos españoles, para los españoles, cuando íbamos a España, éramos rusos; para los cubanos, hispanosoviéticos, y ahora, cuando vamos a España, cubanos”…, cuenta la “Niña” Macrina García, que comenzó su peregrinaje en la URSS, en el catálogo de la exposición Exilio (Fundación Pablo Iglesias, 2002).

Pero tal vez muchos ignoren que su odisea permaneció largo tiempo en un profundo olvido, discretos siempre en un digno rechazo de protagonismo, a pesar de las tres guerras que vivieron muchos: la guerra civil, la guerra mundial y la guerra fría, tan dura en los países del Este. El Estado español concedió una pequeña pensión a los supervivientes, después del fin de la Dictadura, cuya subida fue aprobada en 2005, en una emocionante sesión homenaje en el Congreso de los Diputados. El Ayuntamiento de Izquierda Unida de Rivas-Vaciamadrid (Madrid) organizó el 25 de Junio de 2004 una gran fiesta homenaje, la primera en España, treinta años después de la Transición, a la que asistieron ex combatientes republicanos, brigadistas internacionales, y octogenarios “Niños” de la guerra. Ana Belén, Bebe, el Gran Wyoming, Almudena Grandes, Miguel Ríos, Pilar Bardem, Paco Ibáñez, Luis Llach, Rosa Regás, Ángel González y tantos otros intelectuales y artistas comprometidos intervinieron en este emotivo acto multitudinario que vino a colmar un gran vacío.

El acto celebrado en el ISTI el 22 de marzo fue intenso y valiente, lo culminó la excelente y diáfana conferencia del historiador Ángel Viñas. A pesar de todo lo que ya se ha oído y leído (y en mi caso, vivido) sobre la materia, difícil encontrar una exposición más clara, más documentada, más objetiva y más inteligente.

Y así, en ese marco de Bruselas, convertidos hoy en flamencos y walones, con sus familias crecidas aquí, pero pensando siempre en España, rodeados de jóvenes estudiantes con los ojos brillantes de curiosidad, los recordaré siempre con emoción:
A., en su silla de ruedas, en el centro de un sobrecogido grupo, mostrando con sus muletas como puntero, las fotografías de su infancia irrecuperable, expuestas en un panel.
S., sentado a una mesa junto a una joven periodista, rodeado de muchachos, explicaba su pavor ante cualquier estallido, cualquier petardo, secuela de los últimos bombardeos que vivió.

Y L. añadía el recuerdo del día en que, corriendo hacia el refugio de la mano de su madre, en medio de la multitud, cayeron ambos y fueron pisoteados en la calle. Desde entonces, no puede soportar el ruido de las sirenas. Al explicar la caída, L. no recordaba el verbo “tropezar”, y se lo tuvo que “soplar” la periodista. Levantó unos ojos avergonzados hacia los estudiantes de español, y yo pensé, que además de todo lo demás, a L. y a sus compañeros les habían robado su lengua materna.

Se encuentra entre ellos K., un brigadista polaco, miembro de las míticas Brigadas Internacionales, alto y derecho como un abedul de los bosques de Mazuria, 94 años bizarros, que aún le permiten cortejar y seducir a estudiantes y profesoras, fiel a la ideología comunista que le llevó a las estepas de España, a la última aventura romántica del s. XX.
Mientras tanto, F. se ha quedado profundamente dormido a mi lado, cansado de toda la barahúnda y la agitación del día. Tal vez sueñe aún con la ultima caricia de su madre, al dejar su barco el puerto de Bilbao.

T. desveló a aquellos jóvenes desconocidos su profundo rencor porque, unos años después, cuando sus padres pudieron reclamarla, nadie la reclamó. Los otros hermanos habían llenado todo el espacio y ella se había convertido en una extranjera. El grupo se escindió dolorosamente, en ese momento, entre los “reclamados” y los “no reclamados”.
Todos hablaban de sus dos madres: mi madre adoptiva y mi madre “de verdad”. Pero R., cuando por fin se encontró con la segunda, a los 18 años, no sintió absolutamente nada. Ni un beso, ni una lágrima. ¿A quién se parecía aquel deconocido? ¿Le recordaba a alguien aquella señora?

E. permanece silenciosa, pero por fin nos habla del rechazo de la primera familia que la adoptó. No la querían. Y nos enseña un dedo índice deformado: “me lo pillaron con una puerta al intentar encerrarme. Decían que yo era mala”. Y vuelve a encerrarse en su silencio.
Sin embargo, M. conserva un afectuoso recuerdo de sus padres adoptivos: “Eran muy mayores y no sabían como tratar a los niños… nunca me dieron un beso, pero yo sabía que me querían”.

Y va saliendo todo, todo lo que estuvo escondido durante años, que sólo algunos muy cercanos escucharon, en un español lejano y semiolvidado, recuperado demasiado tarde, tierno y dubitativo, conservado con los retazos y las fotos de su infancia robada. Se comunican entre ellos en neerlandés o en francés, sus hijos y nietos jamás aprendieron el español, ni siquiera ese escape afectivo les quedó. Su español se refugió en el mundo de los sueños y también en el de las pesadillas. Extranjeros siempre, extraños, inquilinos en su propia casa.

¿Habrán podido perdonar?
¿Habrán perdonado?
Gracias al ISTI.
Gracias a los Niños de la Guerra por esta lección de humanidad.

Dolores SOLER ESPIAUBA

Nota: Recomiendo la lectura de la conmovedora biografía:
La casa de los geranios, de Emilia Labajos Pérez, editada por la editorial Excritos, de Bruselas.