Desde mi tumbona: Reflexiones para el debate

Puente 159 (septiembre 2015)

Reflexión primera: del origen de nuestros gustos y hábitos culinarios (pensando en el coloquio organizado en noviembre próximo por la SBPE).
Mi vecina de tumbona – la de la izquierda, una madre de familia generosa en “michelines” – está hablando por teléfono (¡las urgencias de los móviles!) de lo que piensa dar de comer a su tribu este mediodía. Ya lo tiene todo pensado, comprado y preparado. Sólo le falta guisarlo. Con cierto orgullo y muchos detalles explica a una amiga (la pobre, ésta que todavía no tiene la suerte de aprovechar las brisas marinas) que hoy le tocan a la familia calamares en su tinta, seguidos de un ternasco al horno. Así celebrarán el cumpleaños de su marido, un gordito que esta dándose un chapuzón en el agua.

Mientras tanto, la otra vecina de tumbona, la de la derecha, una espigada rubia silenciosa deja la lectura del Spiegel para sacar de su mochilla primero una manzana y luego un bocadillo. Otros países, otras costumbres.

A qué se deben tantas diferencias? Esto me hace pensar en un antiguo artículo de Octavio Paz, La mesa y el lecho (1971), publicado con otros estudios en El ogro filantrópico (Seix Barral, 1979). El poeta – pensador mejicano opone dos tipos de comida: la de los puritanos estadounidenses y la de los pueblos latinos. Presentan un sinfín de oposiciones:

Comida en función del puritanismo:

Comida sin misterio, alimentos simples y nutritivos, sencillez.

Alimentos poco condimentados, sabores frescos.

Comidas sin mezclas, orden, sobriedad.

Pureza maniatica.

Relación directa entre substancias y sabores.

Ausencias de salsas encubridoras.

Colores tiernos: claros o pastel.

 

Cocina razonable, sin variación ni contraste, sin deseo ni placer, saludable.

El alimento restaura el cuerpo cansado por el trabajo, satisface una necesidad.

Concepción individualista.

Comida de las culturas latinas:

Guisos pasionales, ambiguedad, ambivalencia.

Alimentos de sabores violentos, choques de sabores.

Mezclas y combinaciones de ingredientes.

Matices, variaciones, tránsitos de una substancia a otra.

Salsas espesas.

Colores variados (inclusive sombríos y violentos)

El deseo y el placer son los agentes activos del hecho de comer.

Comunión, sociabilidad, promiscuidad.

 

Y eso, sin hablar del tiempo dedicado al almuerzo: de los pocos minutos necesarios al trader solitario para engullir un bocadillo en Wall Street a las tres horas en el curso de las cuales unos empresarios españoles reunidos toman el aperitivo, se comen un primer plato, seguido de un segundo y de un postre, bebiendo vino, café (menú diario y barato inclusive), y muy a menudo coñac en una larga sobremesa amenizada con un puro.

¿Podríamos relacionar estas oposiciones con la práctica del ascetismo recomandada por la religión protestante? Se trata de no disfrutar personalmente de las riquezas adquiridas, sino de trabajar en cambiarlas sin perder tiempo en inversiones productivas.

Perder el tiempo en comidas está mal visto por la cultura protestante, incluso en la playa ! De esto, no se preocupa mi vecina de tumbona (la de la izquierda) !

Reflexión segunda y colateral: tener una opinión en cuanto al rescate español y o a la quita de la deuda griega no resulta de la ideología política, sino de un determinismo cuyo origen radica – otra vez – en la cultura religiosa.

Mi nueva vecina de tumbona – hoy una rubia como se debe en la península ibérica – se lamenta con efusión: “¿por qué Rajoy ha sido tan obediente a la Merkel? Si hubiera actuado como los griegos, ¡ no hubiéramos sufrido tantos recortes y ahora nos habrían perdonado la deuda de nuestros bancos ! Hubiéramos podido seguir disfrutando como los ricos ! Mientras que ahora, tengo que veranear aquí, como hace 20 años; es que la caja de ahorros no me ha concedido el préstamo que le pedía para irme de crucero !” y vuelve a leer el Hola de siempre.

Como se sabe, una parte importante del electorado español, heredera del movimiento de los indignados, reivindica más justicia social y el abandono de la política de recortes y desahucios llevada a cabo por los partidos en el poder. A tal punto que los resultados de las últimas elecciones municipales han modificado profundamente el panorama ideológico.

Y Tsipras ha reunido bajo el “no” el 61% de la población griega.

Del otro lado, esencialmente en el norte de Europa, una no menor proporción de la gente se opone a la quita de la deuda griega y quiere imponer una dieta férrea a los helenos.

No es que sean los unos forzosos izquierdistas y los otros derechistas furibundos. Nada que ver.

La clave reside en la concepción que tienen los unos y los otros del préstamo y de los tipos de interés1.

La iglesia católica siempre se ha opuesto al mercantilismo ya desde el evangilio de Lucas (6:35): “haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio”. Los tipos de interés son diabólicos, porque a través de ellos, los hombres se atribuyen algo que es de revelancia divina: el tiempo.

Ya afirma el concilio de Nicea (325) que el préstamo tiene que ser un acta de pura caridad; esto se ha ido reafirmando a lo largo de la historia de la iglesia católica: en el 3er Concilio de Latrán (1179), en los Concilios de Lyon (1274) y de Viena (1312), en las Encíclicas Vix Pervenit (1745, confirmada en 1836), Rerum Novarum (1891) y hasta en una de las últimas encíclicas de Benedicto XVI, Caritas in veritate (2009). No hay de extrañarse entonces que la tolerancia a la deuda, considerada como caridad se manifieste particularmente en los países de vieja tradición católica.

Al revés, la deuda está mal considerada por los protestantes : en alemán, la palabra “Schuld“, como substantivo significa tanto “deuda” como “falta”, ”error”, “culpabilidad”, y como adjetivo, “responsable”. Según Max Weber, en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, el capitalismo moderno sería fruto del espíritu de austeridad del luterianismo.

El protestante no consume su riqueza sino que la reinvierte y aún menos pide un préstamo que no sea productivo. Su enrequecimiento tiene valor religioso: significa que uno hace parte de los elegidos, pero con una condición, la de vivir en el ascetismo y de ser abnegado. El ascetismo engendra la afectación productiva del ahorro. No se puede tesaurizar el dinero ganado ni disfrutarlo pasivamente.

El trabajo y “el etos de la confianza competetiva” son nociones esenciales en el desarrollo económico de los países protestantes.

¿Este panorama ideológico-religioso puede explicar la intransigencia ferrea de la europa protestante en la resolución de la crisis provocada por la gestión griega de su endeudamiento?

En consecuencia, este enfrentamiento entre los europeos provendría de culturas religiosas seculares… Esto no lo sabe sin duda mi nueva vecina de tumbona…

  1. Para más información, ver el libro de Bruno Colmant Capitalisme européen: l’ombre de Jean Calvin, publicado en 2013 por l’Académie royale de Belgique en su collección l’Académie en poche.

André Grognard, Comarruga, Julio de 2015.