La presencia de la muerte en Por no decir adiós

Puente 115(2003)

     Desde que el hombre tomó conciencia de su mortalidad ha tenido que vivir con la problemática de su finidad. En el caso de Ildefonso-Manuel Gil esta problemática humana es una constante en su poesía; y el conflicto entre el deseo de eternización del hombre y su realidad mortal es uno de los ejes que mueve su obra poética. Como señala Francisco Ruiz Soriano ya en Versos de dolor antiguo (1942), existe una honda preocupación por el tema de la eternidad.<!–[if !supportFootnotes]–>[1]<!–[endif]–> Esta inquietud surge por el sufrimiento que ocasiona en el poeta la realidad de saberse finito y vencido por la muerte. La búsqueda de una solución a este conflicto se halla en distintas formas a través de la obra de Gil. Las dos más frecuentes son la repetición eterna de la vida que hace posible rescatar el tiempo, y el poder del recuerdo como agente catalizador de la muerte. Ahora bien, durante casi toda su trayectoria poética Gil va a la solución sin enfrentar a la muerte directamente; esto es hasta sus dos últimos libros.

     Por no decir adiós, el penúltimo poemario de Ildefonso-Manuel Gil se publica el 26 de marzo de 1999 cuando el poeta tiene 87 años; y su último libro de poemas Vida, Unidad De Tiempo… Poesía se publica el 17 de mayo de 2001 cuando Gil tiene 89 años. Estos dos libros hacen que Ildefonso-Manuel Gil sea, hasta el momento, el creador de más edad en la historia de la poesía española.<!–[if !supportFootnotes]–>[2]<!–[endif]–> Este estudio analizará en Por no decir adiós el nuevo giro que va tomando el persistente tema de la presencia constante de la muerte a medida que avanza la edad del poeta.

     Primero situemos en el tiempo los poemas de Por no decir adiós<!–[if !supportFootnotes]–>[3]<!–[endif]–>. Este libro está formado por cuarenta y tres poemas que se dividen en cuatro grupos; los tres primeros fueron publicados previamente: el grupo tres (poemas 24 al 27) en la década de los ochenta cuando el poeta tenía entre 68 y 78 años; el grupo uno (poemas 1 al 13) en 1993 a los 81 años; y el grupo dos (poemas 14 al 23) en 1997 a los 85 años. Dentro del tema que nos ocupa, los poemas se pueden dividir en tres grupos: reconciliación con la inevitabilidad de la muerte, conciencia de la temporalidad humana y recuerdo vencedor de la muerte.

     El Poema 27 puede considerarse una introducción al tema de la muerte; ya que el poeta enfrenta la muerte ajena que ha ocurrido por legal decisión humana.

     La imagen que ocupa el terceto que forma la tercera estrofa presenta el vector dominante del poema: los sentimientos del poeta ante los hechos malévolos ocurridos en un pasado injusto:

Yo lo crucé conmovido,

creyendo escuchar los ecos

del llanto de los cautivos.

Esta unidad exponente en el medio del poema forma gráficamente la separación entre la vida y la muerte. Los dos tercetos que la preceden ocupados por sendas imágenes presentan la muerte no como elemento íntegro de la vida sino con toda la crueldad que ésta tiene cuando ocurre a destiempo y como acto voluntario de la sociedad:

El Puente de los Suspiros

sólo tenía ida y vuelta

para el juez y sus esbirros.

Tiempo cerrado era el puente

por donde los presos iban

desde su vida a su muerte.

     La metáfora que abarca los seis versos que forman la cuarta estrofa apoyan la idea de la crueldad del hombre hacia el hombre al exponer las condiciones de vida de los presos antes de ser ejecutados:

Las hondas del Gran Canal

filtrándose hacia lo oscuro

serían vil humedad

corroyendo en el silencio

espeso de las mazmorras

las médulas de los presos.

     Esta última estrofa junto a las dos iniciales forman un contraste con la última. En nueve versos formados por una imagen y una metáfora, Gil presenta la vida despreocupada y lujosa de los privilegiados dentro de la misma sociedad que condena a muerte.

Al otro lado del puente

la vida era el resplandor

en que se ignora la muerte,

lujo de sedas y perlas

exaltando la hermosura

de las damas y sus tiernas

miradas que amor invocan.

Dedos ocultos cortaban

las flores de su corona.

Al enfrentar la indiferencia de esta sociedad con la profunda conmiseración que él siente, Gil completa el cuadro emocional expresado en el universo temático del poema.

     Al enfrentarse a la muerte en la forma cruenta de la pena máxima, Gil se prepara para lograr la reconciliación con lo inevitable de la misma cuando ha alcanzado la octava década de su vida. En el grupo de poemas en que Gil expone esta conformidad ante el encuentro ineludible la ecuación vida/muerte no aparece en oposición sino en yuxtaposición.

     Así encontramos que en los diez versos que forman el Poema 23, la belleza de la vida y el deseo de vivirla van unidos a la presencia constante de la muerte. La unidad exponente/analizante abarca los ocho versos iniciales y la primera mitad del noveno. En dos oraciones aseverativas que comienzan con el verbo querer en primera persona del singular, el poeta expone su voluntad de disfrutar la vida a pesar de la muerte. Para terminar en la unidad condensante describiendo en lenguaje directo la reafirmación de la vida en el acto físico más esencial para mantenerla, la respiración: “Aspiro fuerte/ el aire, oscuro aún, de la mañana.”

     En el Poema 41, la belleza de la vida y la percepción de la presencia de la muerte se unen formando el contraste entre los dos cotiledones, vida/muerte, que es la existencia humana. Formado por dos silvas de 17 y 8 versos, el poema tiene dos motivos nucleares: la vida y la muerte, primera y segunda estrofas respectivamente. El uso del adverbio “ahora” como palabra inicial de las dos construcciones paralelas con que Gil comienza ambas estrofas “Ahora quiero hablaros” y “Ahora,  cuando cuento uno por uno” unido al uso de la imagen como único recurso poético en el poema crean el énfasis que el poeta da a la temporalidad del ser humano y a la continuidad del binomio vida/muerte.

     Este mismo sentimiento lo encontramos en el Poema 1 que mantiene la estructura biestrófica del anterior, pero con el orden del binomio vida/muerte invertido. Ahora, la primera y más extensa de las silvas, seis versos, presenta la inevitabilidad de la muerte: “Es desde aquí la muerte/ un halo presentido de luz inmarcesible.” y los dos versos de la segunda muestran el goce de la vida “Y soy y estoy y sigue siendo mía/ la perenne belleza del instante.”

     La percepción de la ineludible continuidad entre vida y muerte lleva a la aceptación de esta última en los tres poemas que completan esta etapa.

     Con el uso de la imagen como recurso poético, en la única silva que forma el Poema 6, Gil expone su serenidad ante la realidad de su propia muerte y ante su conciencia de que la vida continuará cuando él desaparezca. Esta idea la apoya en el Poema 7. En dos silvas, el poeta crea una comparación implícita entre la continuidad de la vida y de la muerte. Creando así el sentido ilimitado de la muerte ante la ausencia de la vida.

En el tiempo infinito de los hombres,

Nunca terminará, pues no habrá nadie

para testimoniar su acabamiento.

     El Poema 22, en cuatro versos, y el Poema 42, en tres silvas de tres versos cada una, forman una unidad estructural y temática. Los cuatro versos que constituyen el Poema 22 forman dos unidades simétricas, aunque no estén gráficamente marcadas; mientras que en el Poema 42 cada silva forma una unidad simétrica. En ambos poemas, Gil presenta, a través de la imagen, el dolor que le causa el sentir la presencia de la muerte y su amor por la vida; con esto logra recrear el contraste de la actitud humana ante los dos componentes del binomio vida/muerte.

Aunque cercano huésped de la nada,
mantengo el gusto pleno de la vida. (Poema 22)
y
Mansamente aceptada
la servidumbre de la muerte,
quiero vivir mi vida enteramente. (Poema 42)

En los cuatro poemas en que Gil expone su percepción de la efímeridad humana usa la ecuación: hombre = temporalidad/ naturaleza = eternidad para desarrollar el tema.

     Los siete versos, divididos en dos estrofas de cuatro y tres versos, que forman el Poema 3 presentan esta ecuación en su forma eternidad/temporalidad. Siguiendo el esquema simétrico, el poeta usa la metáfora de la luz como representante de la eternidad de la naturaleza en ambas estrofas; e indica y recalca la temporalidad del hombre en el primer verso de cada una. La frase común “cada día” del verso uno se conecta a la imagen “regalo cotidiano” del verso cinco; con esto Gil logra proyectar el foco nuclear del poema: la brevedad de la vida humana.

     La noción del paso del tiempo hace más bella la vida en el Poema 11. El poeta usa el esquema analítico haciendo de la primera silva la unidad exponente. En la imagen que abarca estos cinco versos, Gil presenta el contraste que es el paso del tiempo: eterno en la naturaleza y finito del hombre. Idea que el poeta amplia en la imagen que forma los cuatro versos de la unidad analizante. Esta silva marca la contradicción que sirve de base al poema: eternidad/finidad del tiempo. Además añade a este motivo central la idea de la belleza del momento humano; antítesis que hace posible el desarrollo cabal del tema.

Y, de repente,
el tiempo ilimitado y el huidizo tiempo
se unifican, se funden en mis ojos
donde lo pasajero se sublima.

     A diferencia de los dos poemas anteriores, en los Poemas 18 y 20, el poeta sólo percibe la presencia inevitable de la muerte.

     En el Poema 18 con la imagen del camino machadiano como trasfondo, Gil combina recurso poético y estructura para recrear lingüística y gráficamente el desarrollo del tema. Lingüísticamente, el poeta crea un símil entre el transcurrir del día y la evolución de la vida humana. Estructuralmente, el autor combina el modelo lineal y el desarrollo circular del tema. Así tenemos que la primera y última silva, de cuatro y once versos respectivamente, presentan el conocido binomio día/noche = vida/muerte que recrea el ciclo infinito de la naturaleza. Mientras que la silva dos muestra el único recurso salvador: recuerdo igual a vida, que expone la vulnerabilidad e insignificancia del ser humano:

En la memoria, el alba era un camino
que anduvimos ilusos, repitiendo
siempre los mismos pasos,
y con los mismos sorprendidos ojos.

     El Poema 20 está formado por siete versos agrupados en una silva y está fechado el siete de agosto del 92; en Long Beach Island, costa de New Yersey (sic), cuando el poeta tiene ya 80 años. Con la sencillez de la imagen como recurso poético, Gil presenta la diferencia entre tiempo-naturaleza y tiempo-humano; al unir como componentes contrastante de la única imagen la inmensidad del mar, representante de la continuidad ininterrumpida de la naturaleza y su reacción anímica que le hace sentir la presencia inevitable de su propia muerte.

     El recuerdo como arma para vencer a la muerte es el hilo cohesivo del tercer grupo de poemas. En dos de estos poemas, el poeta aparece como receptor y celador del recuerdo y en el otro el recuerdo le hace meditar sobre su propia partida.

     En las cuatro silvas que forman el Poema 17, Gil crea dos imágenes que son los pilares del poema. La primera presenta a sus padres como “personajes dichosos/ del teatro del mundo” con lo que señala su universalidad. La segunda apunta que los descendientes de sus padres tendrán “una memoria tierna y milagrosa/ de haber estado alguna vez con ellos” con lo que muestra la fuerza de la persistencia del recuerdo a través de las generaciones. Sobre este concepto nos dice José-Carlos Mainer, prologuista del libro, que: “La idea de que el afecto trenza una cadena que asegura la continuidad del recuerdo es, en efecto, uno de los más hermosos hallazgos de la obra del último Gil”. [4]

     Esta idea de entrelazar las memorias de generación en generación toma un nuevo giro en el Poema 36. En las tres imágenes que forman la única silva que lo compone, esta seguridad queda a un tiempo destruida y asegurada. Contradicción que estriba del hecho de que si bien el recuerdo muere con cada uno de nosotros “Y sólo cuando yo haya muerto/ se morirán los que se me murieron”, al morir producimos recuerdos en los que nos quieren “y empezaré a vivir en los que vivan/ conmigo en la memoria.”

     En el Poema 43 el recuerdo de la muerte de su madre en medio de la muerte colectiva lleva a Gil a contemplar su propia muerte. El autor hace uso del esquema compositivo sintético para desarrollar el poema en tres silvas. Las dos primeras silvas forman la unidad exponente. La primera silva comienza con una oración negativa en lenguaje común que ocupa el primer verso en esticomitia y continua con una oración formada por dos imágenes que proyectan el  poder del recuerdo sobre la muerte “Puedo soñar que vive/ escondida detrás de su sonrisa/ nunca ya desmentida en mi memoria”. La segunda silva expone en una metáfora y una imagen el ambiente existente durante la Guerra Civil cuando ocurre la muerte de la madre del poeta. Estas emociones llevan al poeta a expresar en una imagen el anhelo final en la tercera silva que forma la unidad condensante. Deseo que encierra el afán de evadir la realidad de la muerte:

Por no decir adiós, diré ¡hasta siempre!

lo diré sin palabras, refugiado

en mi final silencio decisivo.

     En conclusión, Gil en este libro se ha reconciliado con la inevitabilidad de su muerte, pero su profunda humanidad lo lleva a entristecerse por los que dejará atrás. Por eso al terminar el Poema 28 nos dice:

Por no decir adiós, digo otras cosas,

vacío de sentido las palabras,

muy en secreto lloro por el llanto

que en aquel día llorarán por mí

Onneida M. SÁNCHEZ

[1] Francisco Ruiz Soriano, Poesía de Posguerra (Barcelona: Montesinos, 1997): 67.
[2] Ildefonso-Manuel Gil, Entrevista personal. Zaragoza, 11 de julio de 2001.
[3] Ildefonso-Manuel Gil, Por no decir adiós (Zaragoza: Olifante, 1999). Todos los poemas estudiados son de este libro.
[4] Gil,: 17.