Aquí terminaré mis días

Puente 151 (2012)

Aquí terminaré mis días 

Filemón Venegas, apodado Chruchill, estaba rodeado  por sus parientes cuando fue internado por enésima vez en el manicomio. Lo habían traído encapuchado desde Oruro, donde había destruido con un combo de diez libras de peso las inmensas vitrinas de la ferretería Findel. Su incurable fobia por los cristales no podía controlarse sino con un aislamiento definitivo. En la sala de espera de las consultas externas, el psiquiatra que lo recibió, y que lo conocía de larga data, fue escueto.

– Filemón – dijo, con un aire paternalista y dirigiéndose también a la comitiva familiar – esta vez tenemos que aceptar una larga estadía. Es mejor que comprendamos eso.

– Doctorcito, no se haga problema  – ayudó al galeno –, estoy tranquilo, sé que no hay remedio eficaz para mi mal. No tengo solución, estoy dispuesto a quedarme para siempre, de todos modos aquí terminaré mis días… sí, aquí terminaré mis días.

Ante la insistencia, el médico no pronunció otra cosa, simplemente puso cara de circunstancia y quiso tomarle por los hombros para conducirle hacia la puerta de ingreso. Filemón se deshizo cortésmente y avanzó hacía los suyos para abrazarles uno a uno, luego esperó a que el médico retome la iniciativa de la marcha y avanzó lentamente a su lado. Alguien dijo “Adiós Filipo” y el sollozo ahogado y contenido de una mujer cerró la aciaga despedida…

*    *   *

… Pero no fue así, Filemón Venegas no dejó sus huesos en el manicomio: pasó lo inesperado. Churchill se marchó pocos meses después de tal manera que todos los locos se pusieron de acuerdo para pedir que las autoridades del manicomio permitan hacer una fiesta el día de su partida;  y lo que para unos era una celebración, para el pequeño mundo eclesial de Sucre fue un escándalo. Pues, cuando todos los que le conocían creían que terminaría sus días encerrado e impregnado de anonimato, como la mayoría de sus compañeros de infortunio, él sorprendió a propios y extraños al descubrir el romance que hábil y secretamente cultivó con la monjita Belén Bellprat. Con una corajuda y cuarentona religiosa catalana que estimulada por los ritmos de la época y la teología de la liberación hubiese sido incluso capaz de seguir los pasos de Camilo Torres, como ya lo habían hecho cientos de curas que dejaban la iglesia por la guerrilla, a través de todo el continente. Felizmente, Churchill la persuadió con pasiones menos escatológicas, y ella, gustosa, prefirió abandonarse a la tentación carnal y mundana.

El caso de la hermanita Belén fue único en Sucre y por eso sonado. La monjita era la muestra femenina de la crisis vocacional que asolaba los conventos en aquellos años de plomo. Cuando ella llegó a Sucre, dicen que ya estaba un paso fuera de su congregación y que sólo la generosidad del Arzobispo local – quien no sabía que hacer con ella – permitió a la rebelde prolongar la agonía de sus votos, en un año sabático de reflexión, realizando una obra pastoral en el manicomio. Fue por eso que los hermanos de San Juan de Dios la acogieron, bajo una sola condición: debía ocultar su desgarbado vestir con un mandil de enfermera. Pues Belén, negándose a llevar la túnica de su congregación, que la concebía anacrónica, usaba rústicas chompas tejidas en lana de alpaca, faldas confeccionadas en bayeta de la tierra y, cuando el frío fresco del valle se ponía más intenso, se cubría las espaldas con un viejo poncho pastuso[1] recuerdo de su paso misionero por el sur de Colombia. Además tenía en su chuspa[2], en la bolsa que llevaba colgada en bandolera, un ejemplar de la Biblia latinoamericana, una edición popular surgida al espíritu de lo que mandaba la reunión episcopal de Medellín, y también un ejemplar del libro Entre el Gólgota y Ñancahuazú, un auténtico panfleto semiteológico, escrito por un fraile dominico, y que se convirtió en un best seller después de ser encontrado en la mochila de un adolescente guerrillero fusilado en El Salvador en 1970.

La hermanita era recta y eficiente en sus tareas pastorales, organizaba la participación de los enfermos en las misas dominicales y rezaba con ellos el rosario todos los días laborales a las tres de la tarde; sin embargo, su curiosidad etnológica la llevó a fascinarse  por la vida de aquella extraña sociedad en la que fue confinada y, naturalmente, para responder a sus interrogantes, tuvo que acercarse y participar en las partidas de cacho[3] que Chuchill organizaba en su célula para matar el tiempo de los internos y del personal mismo. De otra parte, tirando los dados, buscando una dormida o una generala, se discutían informalmente los diagnósticos de los enfermos, se procesaban chismes parroquianos y se conocían los celos profesionales que invadían a los psiquiatras.

Conocer a Churchill fue toda una revelación para la monjita catalana; en un principio, no podía creer que alguien como él  pudiera concentrar tanta popularidad en aquella población de gentes alucinadas. La inteligencia y perspicacia que le daban a Churchill un  rango privilegiado, para Belén, era un misterio digno de ser descifrado; esa fue su primera intención, pero pronto e  inevitablemente quedó enamorada. Entonces, con el alivio del caminante que vuelve a encontrar una ruta perdida, percibió las partidas de cacho y las conversaciones sostenidas con Filemón Venegas como refugios agradables y seguros donde podía definitivamente exorcizar sus dudas metafísicas y como asideros para inventar sus más sentimentales y dulces utopías. De esa forma, asumió el amor y se dispuso con diligencia a tomar bajo su responsabilidad al carismático loco para sacarlo del manicomio y llevárselo a vivir a un lugar apartado de la selva amazónica, en la cuenca alta del río Atén, cerca de San Fernando del Llano. Allí, en medio del territorio a los chunchos lecos[4], la flamante ex-monjita imaginaba continuar su obra misionera y quería aislarse de la civilización para que su enamorado olvide la fobia que lo dominaba, lejos, muy lejos, allí dónde nadie turbara su espíritu con la presencia de espejos y cristales.

 



[1] PASTO : Ciudad de Colombia.

[2] Pequeña bolsa que se lleva en bandolera, palabra quechua.

[3] Juego de dados (dormida y generala: diferentes resultados del tiro de los dados).

[4] Lecos : Grupo étnico de la Amazonia.